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Una de las
asignaturas del nuevo plan de estudios está dedicada a la
educación de la ciudadanía. Se trata de transmitir los
valores reconocidos al ser humano a lo largo de la historia,
como los derechos universales, la igualdad de hombre y
mujer, el respeto a las distintas razas, religiones, a una
pluralidad fecunda por serlo, la solidaridad con los pueblos
más oprimidos, la convivencia con el entorno, la
preocupación por el devenir del planeta, etc. Y a estos
valores hay que añadir los que surgen en los latidos del
tiempo abierto de par en par, como nuevas formaciones
familiares, afloraciones sexuales que han permanecido como
tabúes, adquisiciones científicas que desde la
provisionalidad van hacia tratamientos que nos llevarán a
una vida mejor y a una muerte más digna con derecho a ser
ejercida eutanasicamente, etc. La sociedad civil no puede
renunciar a lo ya adquirido con mucho sudor a lo largo de la
historia, ni a un futuro preñado de esperanzas. La sociedad,
y más la actual, es conciente de que el hoy es siempre el
escalón de un mañana prometedor. No se siente poseedora de
verdades absolutas, sino de retazos que engendrarán nuevas
metas. A vivir estas realidades y a buscar otras muchas
compromete la educación para la ciudadanía.
Pues bien, La iglesia se declara objetora de conciencia ante
planteamientos como los anteriores. La Iglesia parte de la
posesión absoluta de la verdad, y en consecuencia, su misión
no es la de buscar, sino la de señalar, desde de el orgullo
de la verdad dominada lo que es bueno y lo que es malo y así
salvar y condenar sin miramientos a los seguidores de unos u
otros criterios. La historia debería enseñarle cuántos
desmanes ha cometido con esa postura, desde Galileo hasta la
inquisición. Tiene más conciencia de su santidad que de su
peregrinaje pecador. Pero es que además uno se pregunta cómo
puede objetarse contra los valores antes mencionados con el
evangelio en la mano, cómo vivir excluyendo cuando la
Palabra de Dios es siempre incluyente, creadora de universo
y poesía sustantiva.
Durante cuarenta años la Iglesia ha sabido sacarle provecho
a la formación del “espíritu nacional” y educó, incluso en
los colegios religiosos, en los aberrantes principios que
dimanaban del franquismo. No alzó entonces la voz para
oponerse al dictador. Se prohibían valores como la libertad
de expresión, de reunión, de sindicación, la libertad de
disensión con el régimen. Se sucumbió a las doctrinas
sectarias que duraron tantos años a cambio de Concordatos
que otorgaban pingües beneficios, privilegios de todo tipo y
la convertían en el sostén del más abominable régimen que
hemos sufrido.
¿La Iglesia que fue cómplice de esos antivalores (espantosa
palabra), tiene algo que objetar honradamente a los
planteamientos de un Estado laico como el emanado de una
Constitución democráticamente aprobada?
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