|
Veraneábamos
en Sierra Nevada. Cerca del Hotel del Duque. Güéjar Sierra
arriba. Veredas estrechas escoltadas de zarza moras. La
casona blanca, por fin. Puertas grandes que nunca se
cerraban. Y nogales madurando. Nogales grandes, de sombra
planetaria. Se hacían los caminos al andar. Por órdenes de
Machado. Y hacia donde fueras, siempre te encontrabas con
Santos.
Santos era alto. Sombrero viejo marrón. Amarronada camisa.
Pantalón marrón desvaído. Abarcas amplias y marrones a
juego. Todo en armonía con una delgadez de espiga madura.
Vivía en una choza demasiado baja para su altura de Quijote
arruinado. Sin mujer. Sin hijos. Nos miraba a veces como
soñando cunas. Pero nada añoraba, nos decía, porque sabía de
la muerte. La muerte era como la sierra: precipicio tras
precipicio. Nada a la espalda de la nada. Vacío que rebotaba
el eco, sin apropiárselo. Sólo para entregarlo a otro vacío.
Verano de mulas tordas. De espigas llenando eras. Mundo de
trigo girando. Siempre en redondo. Sobre sí mismo.
Proyectando panes blancos para aceites dorados de merienda.
Meriendas de niños ricos. Panes morenos, solitarios, de
niños de Albaicín pobre.
Al atardecer nos sentábamos en la era con Santos. Sombrero.
Camisa. Pantalón. Abarcas. Santos siempre el mismo. Nos
hablaba de las cabras, de los cerdos que mataba por
noviembre, del burro compañero de caminos. Contaba historias
infinitas hasta que las estrellas se colgaban de los
nogales. Mañana sería como hoy. De nuevo la era giratoria.
El viento separando el grano de la paja. Aventando la tarde
mientras las mulas descansan. Ladrando los perros al amigo
Platero, juanramoniano y estoico.
Estaba cerca setiembre. Santos se quedaría con su soledad
acostumbrada. Vendría la nieve. Cuesta abajo los fríos.
Mulhacén abajo. Veleta abajo. Atropellando zarzas y nogales.
“Me escondo del frío”, nos decía Santos. “Estoy acostumbrado
a vivir escondido” Fue entonces cuando nos contó la historia
más hermosa. Le habían hablado de una guerra. Hacía muchos
años. A veces se oían tiros. Siempre pensó que serían
furtivos. Pero alguien le dijo que los españoles andaban
matándose. Desde entonces se escondía cada vez que oía u
tiro. En un hueco del monte, como en un vientre bueno,
acomodaba su postura fetal de metro ochenta. A bocajarro un
día se topó con un grupo de diez o doce hombres. Camisas
azules. Correajes limpios. Boinas en la hombrera.
Brillantina chorreada sobre el pelo estirado. “Vamos a
fusilarte por rojo” Le ataron las manos. Le vendaron los
ojos y lo colocaron de frente para que intuyera su propia
muerte. Mientras tomaban distancia, Santos les suplicó:
“Matadme, pero antes dadme tiempo para rezar un Padre
Nuestro” Regresaron las pistolas camino de la cintura. Se
espesó el silencio. Y el jefe preguntó: ¿Entonces tú no eres
rojo? “Yo no sé lo que soy ni me preocupa. Tal vez soy sólo
marrón y quiero rezar un Padre Nuestro”
Los vio marcharse cantando, entre las zarza moras. Aquel día
llevaba puestos el sombrero, la camisa y el pantalón que hoy
vestía. Para siempre fue un hombre marrón que rezaba cada
noche un Padre Nuestro.
|