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Aznar, ese
caudillo sin Valle de los Caídos, sin Plaza de Oriente, sin
estatuas ecuestres por los pueblos, se erige en obelisco
FAES y desde allí mira por encima del hombro a la humanidad
y sobre todo a España para perdonarle la vida o para apretar
el nudo que mantiene entre los dientes y envolvernos en
lengua de ahorcado.
España se rompe. El terrorismo manda y dirige las decisiones
políticas del Gobierno. Se publican libros peligrosos con
orientaciones marxistas. Se ensalzan dictaduras comunistas
(la franquista es patrimonio de Mayor Oreja) Se proclama un
laicismo que acaba con los valores de occidente. Se le
enseña a los jóvenes a justificar los atentados del 11-S
(nada se dice de los del 11-M). Se vilipendia a EE.UU. Se
sitúa a la pobreza como fuente de todos los conflictos. Se
les obliga a rechazar la moral de la Iglesia y, sobre todo,
se les enseña a considerar LA PAZ COMO UN BIEN SUPREMO.
Por su parte la FAES está orientando la acción opositora del
Partido Popular. Rajoy, Acebes, Zaplana y los demás jerarcas
están simple y servilmente siendo portavoces de quien dirige
en realidad a la derecha española. Y entonces uno se
pregunta si la visión aznariana corresponde a una concepción
auténticamente política o si es una deformación producida
por un histerismo en grado sumo. Si corresponde al primer
supuesto, todo el que tenga una percepción del tiempo
presente, llegará a la conclusión de que la postura de Aznar
y seguidores se sitúa muy lejos del quehacer humano actual.
Más lógico es concluir que se debe a una locura histérica
que necesita permanecer frente al espejo, haciendo de un
hedonismo enfermo la razón de ser de una existencia. Es como
el niño que rompe cristales a sabiendas de que hace mal,
pero aprovechando la trastada para llamar la atención de los
padres.
Aznar no se resigna a haber sido. Necesita seguir existiendo
en las pantallas de televisión, en los comentarios de las
tertulias y patológicamente exige prolongarse en un partido
político como creador continuo de una sinrazón absurda.
Aznar fue Presidente de España, amigo de Bush, compañero de
Blair, Concejal consorte de Ana Botella, cómplice de los
muertos iraquíes y socio de muchas de las penas que arrastra
nuestro país. Es hora de que le permitamos revolcarse en su
propio locura. Sólo deberíamos pedirle que no nos salpique a
los que creemos que el mañana es una posibilidad de futuro.
Porque la Paz, señor Aznar, es para todos, menos para usted,
UN BIEN SUPREMO.
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