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Publiqué
recientemente un artículo titulado “UNA IGLESIA OBJETORA”.
En él me extrañaba –es una forma de hablar- de que la
Iglesia se rebelara contra una asignatura como la educación
para la ciudadanía cuando durante cuarenta años de
franquismo había aceptado otra asignatura que muchos
recordamos y que trataba de la Formación del Espíritu
Nacional.
A raíz del mencionado artículo he tenido la oportunidad de
leer otros muchos con el mismo fondo e idéntica
argumentación. Pero en su mayoría he notado que se le
reprocha a la Iglesia su intromisión en asuntos políticos.
Se argumenta que no es propio de la Jerarquía meterse en
política. Y aquí viene mi discrepancia.
La Constitución permite la opinión política a todos los
españoles, sin excepción. En consecuencia también a los
Obispos. Desde la transición hasta ahora he oído a distintos
líderes decir que no tiene derecho la Iglesia a meterse en
esos terrenos. Yo personalmente he discrepado siempre de tal
posición porque a nadie se le debe negar una prerrogativa
tan inalienable como ésta. Pero creo con la misma firmeza
que hay que exigir a la Jerarquía que no pretenda ser la
depositaria de la verdad política y en consecuencia que
nunca se sitúe como autoridad suprema que impone, dirige o
monopolice su veredicto como regla inapelable a la que debe
estar sometido el quehacer político. Y en consecuencia, debe
asumir la posibilidad de ser criticada, rebatida y no tenida
en cuenta como cualquier otra opinión.
La Iglesia comete un pecado de soberbia cada vez que
proclama “su” verdad como “la” verdad única, exclusiva y
excluyente. La verdad no se posee. Se busca con la humildad
de quien se sabe perseguidor de horizontes lejanos cuanto
más cercanos, inmanejables por inalcanzables. Y en esa lucha
radica la hermosura de la aventura humana. Y en esa actitud
echa sus raíces el cristianismo. La Fe no es la posesión de
Dios. Es más bien la conciencia, desde el amor y la
esperanza, de que Dios nos encontrará en la búsqueda
humanizante y liberadora del otro como hermano.
La Jerarquía por tanto, para cumplir su papel de servicio,
debe permanecer a la escucha de los signos de los tiempos.
No es una repartidora de normas directrices, sino una
receptora de las ansias del hombre en cada momento de la
historia. La lejanía que el hombre actual experimenta de la
Iglesia no es achacable al hombre de hoy propiamente, sino a
una Iglesia que alimenta la distancia porque no es prójima
del acontecer cotidiano.
La postura de cúspide, de vértice supremo y dominante en que
se coloca la Jerarquía hace que el hombre no la sienta como
compañera sino como fuerza opresora que gravita sobre él. Y
en consecuencia, tiende a sacudírsela de encima como
cualquier otra potencia. El hombre, en su conciencia de
autonomía, no está dispuesto a dejarse manipular. Y rechaza
por tanto una Iglesia que pretende imponerse como rectora de
su tarea humana.
El pronunciamiento político de la Iglesia sería admitido sin
recelo alguno si se situara en la búsqueda y no en una
clarividencia impuesta y dominante. Si la teología de la
liberación es aceptada mayoritariamente es porque construye
la historia junto al hombre, principalmente junto al
desheredado, el pobre, el humilde, el menesteroso. Esta
pobreza encarnada en lo humano haría de la Iglesia, no una
autoridad, sino un acompañante del difícil camino de ser
hombre.
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