|
Murió el
dictador un 20-N. Pervivieron otros muchos dictadores. Por
eso resultó difícil la transición. Exigíamos el paso de
súbditos a ciudadanos. Y requirió esfuerzo, empeño, lucha.
Se necesitó músculo. Pero lo tuvimos. Habíamos creído en la
esperanza y se hizo horizonte entre la niebla de un 20-N.
Pervivieron muchos dictadores. Compañeros del general,
comparsas de fajines, socios macabros de cuarenta años de
terror, sembradores de balas en las paredes, testigos de
muertes honradas. Y sobre el granito, ya para siempre
granito de la sierra madrileña, pretendieron sostener la
cruz de la sacrosanta cruzada. Funerales de mitras
alargadas, de capas pluviales negras y dalmáticas doloridas.
Catafalcos de añoranza por el hijo de la Iglesia condecorado
de palios sacrílegos. Pero también Tarancón, Iniesta, padre
Llanos, Díez Alegría, por las Vallecas-suburbiales. Y hombro
a hombro paseamos la libertad por los barrios encalados de
Andalucía como una Macarena laica. Elecciones. Constitución
y caminos abiertos para hacernos responsables del destino.
Pervivieron muchos dictadores. Los que todavía hoy prohíben
la palabra a Sobrino, Casaldáliga, Küng, Marciano Vidal. Los
que beatifican a mártires de un bando en guerra, pero no
están interesados en Helder Cámara, en Mons. Romero, en los
Ellacurías de todos los días. Los que abren las puertas de
las catedrales a los Pinochets de turno, pero clausuran las
parroquias de Vallecas, chiqueros de los perseguidos por las
cornadas de la vida. Los que niegan a la mujer un valor en
sí misma y le cierran las puertas de un ministerio de la
palabra para convertirlas en sirvientas de plancha y
almidón, artesanas de pecado y perdición, traductoras de
serpientes paradisíacas.
Pervivieron muchos dictadores monopolizando la verdad
absoluta otorgada desde arriba en exclusividad para su
explotación comercial a través de las ondas. E invistieron
de odio y consagraron pontífice de la infamia a Losantos
para que predicara el Apocalipsis de la destrucción a los
cuatro vientos. Y estos dictadores, enemigos de la libertad
de expresión en la Iglesia, defienden ante la sociedad
española y sus instituciones más altas la libertad del
resentimiento de unos tertulianos a los que pagan en
abundancia y a quienes entronizan como chamanes del
esperpento. Entre los teólogos de la liberación y P.J,
Amando de Miguel o Nacho Vidal está clara la elección.
Perviven muchos dictadores que siguen disparando a la nuca
de la palabra. Y que nadie se defienda de una falsa
persecución. Los Obispos, tan dados a ese
complejo de martirio ficticio, nunca hubieran imaginado la
delicadeza con que serían tratados por un gobierno
socialista. Franco, el católico Franco, puso en la frontera
a Mons. Añoveros. Ciertos Obispos se niegan ahora a quitar
de las fachadas de sus Iglesias inscripciones referentes a
los caídos por Dios y por Españas. Hay quien tacha a
Zapatero de terrorista y anticristo. Hay quien ha
compaginado el generalato con el episcopado. Hay quien exige
que se vote falangismo. Hay quien llora sobre el granito, ya
para siempre granito, del Valle de los Caídos.
La esquizofrenia mal tratada amputa la libertad de los hijos
de Dios.
|