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Navarra tenía
un Obispo que exhortaba a sus fieles a votar a la falange.
Fernando Sebastián había dado un giro sobre sí mismo.
Sentado sobre sus setenta y siete años añoraba una derecha
que había mamado y de la que nunca, pese a las apariencias,
se había separado.
Fernando Sebastián se va por edad, no por falangista. Y
Benedicto XVI nombra para sustituirle a un Obispo con rango
de GENERAL. En un estado aconfesional como el español
resulta estridente la confluencia de ambos títulos. Y los
fieles no sabrán si besar el anillo episcopal o cuadrarse
marcialmente ante la estrella de ocho puntas.
Uno no puede por menos que echar la vista atrás. Asomarse a
los recuerdos y poner claveles negros sobre la historia. La
Iglesia no acaba de despegar. Sigue afincada en palios
solemnes, confundiendo custodias de Corpus toledano con
generalísimos de cruzadas blasfemas. Miles de muertos,
memoria aplastada, sangre colgada de tapias blancas de
cementerios, cunetas-ataúdes de penas infinitas, huellas de
botas bendecidas por estrellas de generales castrenses.
Benedicto XVI proclamando que fuera de la Iglesia no hay
salvación. Y todo el que siente urgencias de libertad,
huyendo de los generalatos, de militares pontificales, de
correajes que han dejado demasiadas huellas en las espaldas
de la historia.
Obispos con licencia de armas, como corresponde al rango.
Obispos con charreteras, con báculos machos, con mitras para
empitonar teólogos de la liberación. Cristos contra la
pared. Y Obispos que disparan contra la humildad, la
pobreza, la projimidad del Nazareno. No tiene cabida la
cruz. Invertida en todo caso como las espadas. Obispos
caquis, de guerreras a medida, con Isabel la Católica por
antijudía, reconstruyendo España como Pelayos destinados en
la OTAN, como cascos azules enviados a combatir las rosas
laicas.
Noviembre. 1.975. El frío se nos volvió bandera de libertad.
Embalsamaron la dictadura. Generalísimos de muerte por la
sierra madrileña. Montes-sucursal de Plazas de Oriente.
Nostalgia bajo granito. Bajo cúpulas la muerte, cumpliendo
sentencias de trombos. Con añoranza entubada. Y España
respirando. Pulmones de par en par. La gente tomando café
con la alegría recuperada. Cuarenta años exiliada. Y ahora
podíamos abrazarla, como a una novia antigua.
Y de golpe un Obispo General. O un General Obispo. Sin que
se rebele Rouco. Sin que Rajoy exija la aconfesionalidad
constitucional del Estado. Incorporada a filas María San Gil
y el guerrillero Acebes, el Zaplana de intendencia y el
chusquero de Pujalte.
Francisco Pérez González, General por la gracia de Dios.
Francisco Pérez González, Obispo por el designio soberano
del Capitán General Benedicto.
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