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Muchos
tenemos alma de vinilo. Piel morena, surcándose a sí misma
como un mito de eterno retorno. Machines negros, Aznavoures
de tristezas azules, Rocíos de nardos abrileños.
Muchos tenemos alma de vinilo. Fibrosa voz de Dámaso Alonso.
Temblorosa de Juan Ramón Jiménez. Ecuánime de Leopoldo
Panero.
Muchos tenemos alma de vinilo. Primera comunión de marinero
en tierra. Vírgenes pueblerinas al paso alegre de la paz.
Obispos brazo en alto, ajustando tacones. Militares
uniformados, calle abajo. Utrera Molina, guerrera blanca,
banda cruzada, condecoraciones que pasaportaban a la
historia del glorioso movimiento.
Muchos tenemos alma de vinilo. Con tapias agujereadas por
balas azules. Tiros de gracia azules. Remates crujientes de
ademanes azules. Cunetas- mortajas hasta hoy para muertos
por uniformes azules.
Almas de vinilo y penas negras, Machines insistentes,
machacones, haciendo pena de pena, pariendo dolores del
dolor, angustia de la angustia, miedo del miedo. Alma de
vinilo, para siempre tal vez, porque nunca se borrarán los
cementerios blancos de cal humilde de los pueblos.
Y Fernando Sebastián, Obispo de correajes negros, con mitra
que tú bordaste en rojo ayer, con báculo-fusil-mástil de
banderas victoriosas, que traerán prendidas cinco rosas, las
flechas de mi haz.
Debemos, dice el Obispo-falangista-requeté-sección
femenina-pilar primo de rivera-francisco franco, votar a
falange porque es un grupo confesional católico, con
mentalidad católica, formado por sólo católicos y para
católicos. Seguramente fusilaron con la bendición de Dios,
los muertos merecieron su muerte, purificaron de comunistas
y masones nuestra querida España, camaradas de un Dios de
derechas, santos cruzados.
Prohibido leer a Darwin, a Sartre. Liquiden a Lorca al
amanecer. Borren a Miguel Hernández. Más adelante nos
encargaremos de Tarancón. ¿Se acuerda, Monseñor? Le
gritaban: Tarancón al paredón. Manos oscuras de D. Vicente,
de picadura de tabaco pueblerino. Cigarrillos de artesanía.
¿Lo gritaba usted también? España estaba secuestrada.
Degollado el pensamiento. Estrujada la iniciativa. Y usted
disfrutando. Obispo de un nacionalcatolicismo que ungía las
agonías, que ofrendaba vidas por mayo a María que madre
nuestra es. Predicador de resignaciones estériles. Sagrado
Corazón, en vos confío. Hay que votar a falange. A ver si no
han perdido la memoria y siguen fabricando muertos. España
está superpoblada de ideas. Hay que actuar. Que vuelven los
rojos. No podemos esperar la resurrección del caudillo.
Tarda Franco en su segunda venida. A lo mejor no llega antes
del 27. Preparados. Apunten. Fuego. Yo, Obispo falangista,
estoy aquí, conciencia tranquila, absolviendo moribundos.
Pobrecitos. Alguien tiene que acordarse de ellos. Ahí mismo,
contra las paredes blancas de los cementerios, sobre
cunetas. Ciertos muertos no tienen derecho a rosas blancas.
Les basta con las granadas rojas que brotan de las sienes. Y
que el camarada Dios les bendiga.
Prestadme un ramo de espigas para ahuyentar las pistolas.
Vienen calientes de añoranzas en las manos de un Obispo
falangista.
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