|
Pequeño como
un jazmín moreno. Pequeños los ojos, las manos, los pies.
Pequeño, muy pequeño, el camino recorrido. Con el tiempo
corto, muy corto, apretado en los ojos. Boca arriba,
queriendo respirar estrellas. Sin aire el aire. Sin perfiles
la sangre. Sin postura el alma. Muerto. Definitivamente
muerto. Muerte a la medida de su cuerpo pequeño como un
jazmín moreno.
Lo ha matado una bomba. Una bomba que no entiende de niños.
Una bomba que nunca será madre. Perita en muertes. Explotada
de miseria. Bomba buscadora de niños libaneses que encuentra
fácilmente el cuerpo pequeño como un jazmín moreno.
Toda la existencia diminuta descansa sobre la primera página
de los periódicos. Sudario de papel para un niño del Líbano
que hubiera preferido la tipografía de la inocencia. Niño
llanto para madres protectoras, para padres machos que
llorarán por dentro, para niños que seguirán jugando a la
pelota.
Niño resumen de prensa que leerán políticos que no condenan
las bombas, que contemporizan con la guerra porque sus
acciones cotizan en bolsa. Los cañones siembran muerte y
siegan dinero y hay que cuidar la cosecha porque la guerra
da de comer a muchas bocas. Total, nadie sentirá el regusto
de un niño muerto cuando se mezcle con el sabor de una
langosta.
Pequeño como un jazmín moreno. Muerto con una bomba en el
centro de gravedad de sueños abreviados. Gateaba hacia la
vida. Se habría doctorado en aires azulados, en rosas
luminosas, en claveles elegantes. Pero lo encontró una
bomba, escondido en su llanto como en un vientre amniótico.
Y le reventó la esperanza y su hombría primigenia y los
proyectos de la sangre.
Pequeño como un jazmín moreno. Con un chupete fusilado sobre
el pecho. Chupete lugarteniente de madre primeriza,
sustituto de pecho blanco y caliente, sinónimo de mujer
orgullosa de ser planeta que engendra.
Lo enterrarán de blanco como un regalo, como un juguete para
que presuman las estrellas. Lo encontrarán con las manos
abiertas, soltándose de la vida, lleno de besos limpios para
que comparta la última leche con lunas de ojos orientales.
Y se llevará el chupete sobre el pecho, primera y última
condecoración, recuerdo de la impotencia de las bombas. Y el
mundo, sin saberlo, se habrá
quedado huérfano de niños, extenuado de ilusiones, vacío de
futuro. Desde hoy nos faltarán chupetes para sembrarlos en
el pecho de la tierra. Pasarán hambre las estrellas y
llorarán las lunas extraviadas. Sólo nos quedará un chupete
testimoniando el rotundo fracaso de las bombas.
|