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Se debe
presuponer la honradez de cualquier exposición de ideas
cuando resulta discrepante de la nuestra, incluso contraria.
Se construye así una democracia sana y enriquecedora. Cada
cual parte de sus propias limitaciones y admite la
aportación del otro como ampliación del propio pensamiento.
La democracia es así el resultado de una responsabilidad
ejercida por la comunidad, empeñada en la búsqueda de la
verdad y del quehacer común fructífero para todos. La
democracia no es posible sin una profunda fe en el hombre,
en todos los hombres. Sobre este credo primigenio descansa
la convivencia humana y humanizante y descansa la libertad,
la igualdad y la fraternidad. Y cuando alguien se desmarca
de estas coordenadas se autodestruye como ciudadano o tiende
a destruir a los demás con actitudes dictatoriales.
¿Pero es posible mantener esta profunda fe en el otro cuando
se perciben planteamientos prácticamente insostenibles y
nunca sostenidos hasta el presente por un determinado grupo
o individuo? Dicho de otra forma: ¿Puede alguien sostener un
enunciado político y pasar a mantener su contrario, incluso
su contradictorio, sin que en realidad cambien objetivamente
las condiciones de ese enunciado?
Que Zapatero se ha empeñado tenazmente en conseguir la paz,
con el respaldo de la mayoría del Parlamente español es
elogiable para todos, menos para el Partido Popular que era
consciente que de conseguirlo se apuntaría una tanto que el
pueblo español sabría pagar en las elecciones y que
acarrearía una caminar desértico para la oposición durante
bastante tiempo. Y la postura de enfrentamiento ha llevado a
los populares a situarse en una trinchera en la que es
difícil, es imposible, creer en su presupuesto intelectual
honrado. Cuando la oposición habla de rendición del estado
de derecho, cuando afirma tener constancia, nunca
demostrada, de la existencia de pactos con los terroristas,
cuando se le atribuyen contactos, y guiños y componendas,
cuando se asegura que defiende prioritariamente a los
verdugos frente a las víctimas, cuando se afirma en sede
parlamentaria que si no hay bombas es porque hay
concesiones, cuando se mantiene que se traiciona a los
muertos, no podemos los demás partir de ese principio
básicamente democrático de la honradez intelectual del
adversario.
Tácticas, estrategia se le llama a esa actitud. Eufemismos
para enmascarar la necesidad que tienen algunos de paralizar
el estado democrático y no permitirle ensancharse mientras
tiene que perder tiempo y energías en remendar lo que otros
van rompiendo. Golpe de estado disfrazado, revestido de
galas democráticas, pero que encierran en realidad un anhelo
de que la democracia no adquiera un pleno desarrollo. Se
abortan así proyectos de leyes que reconocerían derechos
inalienables, enterrados por viejas dictaduras, y que
ayudarían a un estado de libertades a las que los auténticos
demócratas no estamos dispuestos a renunciar.
Han surgido del parlamento español normas que a todos
debieran ensancharnos el espíritu, tales como la ley de
igualdad de género, la ley de dependencia, los matrimonios
homosexuales y de cuya existencia casi no somos conscientes.
Porque hay una oposición empeñada en caminar sobre una
necrofilia asfixiante, pútrida y maloliente. Si no estamos
haciendo nada en ningún campo y tampoco, según los
populares, en el campo del terrorismo, es lógico que nos
sintamos marginados por el propio sistema democrático que
nos hemos otorgado. Y esta actitud lleva sin remedio a un
desentendimiento del quehacer político que a todos nos
corresponde. Cuando cuaja esta conciencia de
irresponsabilidad compartida, está abonado el terreno para
el advenimiento de una dictadura, siempre por supuesto de
derechas.
¿Será consciente el Partido Popular de los que esto
significa o es en realidad lo que afanosamente estás
buscando?
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