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Un día se te
olvida el corazón como costumbre. Te encuentras con la
muerte apoyada en tu almohada en un hospital cualquiera, y
mientras esperas su abrazo definitivo, recorres el ayer y el
hoy sin un mañana posible.
Nacimos en el franquismo, con giraldas firmes y taconazos
victoriosos. Se nos prohibió ser niños porque enseguida
fuimos hombres de patria. Niños-flechas. Boinas rojas.
Cadetes de la vida entre montañas nevadas y camisas nuevas.
Hombres prohibidos fuimos. Decapitadas las ideas. Censurados
los besos por éticas falsamente cristianas. Iniciativas
cortadas en carne viva. Sólo pensaban los superiores, cuando
todos, casi todos, éramos inferiores. Alpargatas semanales.
Zapatos y pantalón con raya los domingos. Chocolate de
tierra y demasiada tierra ensangrentada de enemigos de la
patria.
Se nos vino un día un vendaval de libertad a la cara y
estrenamos quehaceres de futuro. Quedó atrás una historia,
que es nuestra historia triste, desgarrada, sanguinolenta y
oprimida. En el bolsillo de un pantalón que guardamos
caliente de tiempos viejos. Pero nada más. Y los muertos.
Muchos muertos. Amaneceres llenos de muertos por tapias
blancas de cementerios. Enemigos del dictador, pero hermanos
nuestros. Allá por las cunetas, con polvo de olvido sobre
desnudas calaveras. Y mientras tanto, calles gloriosas a los
vencedores: Queipo de Llano, Yagüe, Avenida de José Antonio,
estatuas ecuestres en plazas y cruces de calles, rótulos con
fechas de entrada de los “nacionales” Cuarenta años de
victoria gloriosa para unos, tremendamente amarga para la
mayoría. Es nuestra historia. Nuestra reciente y lacerante
historia. No hay que olvidarla. Pero sobre todo no hay que
ensalzarla con monumentos que nos la recuerden como
“glorioso movimiento nacional” Porque debajo de tanta bota
opresora están nuestros muertos, nuestro dolor, la orfandad
de varias generaciones.
Cuando tienes la muerte apoyada en tu almohada, contemplas
una democracia que ha necesitado treinta y tantos años para
condenar una dictadura que todos, sólo casi todos,
despreciamos. No se trata de nuevos enfrentamientos, como
miserablemente pretende demostrarnos Zaplana, sino de un
grito de justicia para tantos y tantos que soportaron,
soportamos, la pistola en la yugular. No confundamos
historia, memoria y encumbramiento. Sólo estamos bajando de
sus pedestales a los se subieron a sí mismos invocando
sacrílegamente el nombre de una patria como absoluta
propiedad privada, robando, hasta ahora impunemente, algo
que es herencia común. Estamos restituyendo a sus puestos a
los injustamente muertos, a los que eran dueños de su
momento. Hay de despreciar una justicia franquista que
condenaba ateniéndose a consignas de matones. Hay que
condenar sin paliativos y llamar por su nombre a los que
ejecutaron a miles de españoles por el simple hecho de no
ser dignos del glorioso movimiento nacional.
El desprecio más absoluto a todo el que refugiándose en la
memoria como historia no tenga la decencia de deslegitimar
al dictador último y a todos sus secuaces.
Vamos a seguir con el mañana, desde el hoy y el ayer
purificado por la vergüenza de los que obligados fuimos. Uno
puede morirse un poco más a gusto.
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