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Hay días que
mueren al amanecer. Se hace imposible la serenidad de una
despedida porque alguien se empeña en una cesárea en carne
viva. Al año 2006 no pudimos decirle adiós. Un pelotón
etarra lo tuvo arrinconado contra la T-4 y le disparó a
bocajarro con las primeras luces. Saltó por los aires como
una granada lorquiana. Dos muchachos ecuatorianos, que
ahorraban espigas para el mañana, se quedaron con el perfil
tronchado sobre el volante de un coche.
“Paz, vida, libertad, contra el terrorismo” 13 de Enero.
Mies en España. Sosteniendo el dolor de una pancarta. Contra
el odio. Contra las balas. Contra los amaneceres fusilados.
Acunando el perfil de los muchachos que guardaban espigas en
los ojos. Calles españolas arriba. Pelotón etarra enfrente.
Sudando el esfuerzo. Ganando terreno a las pistolas. Poco a
poco. Tragándonos la sangre como los toros bravos. Miles de
españoles. Sindicatos, asociaciones de inmigrantes,
políticos de casi todos los partidos, sólo de casi todos,
representantes de un gobierno empeñado en la paz. Frente al
odio, al sinsentido, a los mástiles colgando víctimas.
Joseba, Miguel Angel, Tomás y Valiente, Fernando Buesa,
niños abrazados a sus muñecos. Cadáveres con una barra
caliente de pan, concejales, militares, y aquellos dos
muchachos, ahorradores de espigas, coleccionistas de sueños
imposibles. Pedíamos sólo paz, vida y libertad a los
encapuchados de blanco, a esos chulos de la muerte. Los
queríamos enfrente, sólo a ellos, para gritarles sin
intermediarios, directos a la cara, para lanzarles los
trozos de aquel amanecer que recogimos en la T-4.
Y nos encontramos con otros miles de españoles que no
gritaban contra ETA. Culpaban al Presidente del un gobierno,
a los representantes del pueblo, al pueblo que los eligió.
“Ahí sólo vais putas y maricones y gente de mal vivir”,
decían. “Zapatero, vete con tu abuelo” “Gobierno igual a
ETA” Acebes exigiendo que se revelen los acuerdos entre el
gobierno y el terror. Miguel Angel Rodríguez proclamando que
a ZP lo “`puso un grupo terrorista” en la Moncloa. Rajoy
diciendo que si no hay bombas es porque se ha transigido y
ahora que la muerte estaba ahí era porque se había cedido al
chantaje.
Dolía la tristeza en las aceras. Había que luchar. ¿También
contra los que nos culpaban? Esperábamos un sudario, un
hombro, una projimidad dolorosa. Y ellos llevaban guadañas,
para segar unos votos, para cortar esperanzas, aunque
fueran, también fueran, apoyo para los asesinos de
amaneceres. Contra ETA y contra muchos que nos culpaban.
Aquella tarde en la calle. Y ahí siguen, impasible el
ademán, los alcaraces, los buesas, los pujaltes. Aznares
catedráticos de capitalistas retrasados.
La banda terrorista ha dado una entrevista al periódico Gara
tras la detención del comando donosti. Y Rajoy y Zaplana y
Acebes siguen afirmando que estamos de rodillas ante las
bombas, que las alimentamos, que las oxigenamos. Algunos,
está visto, no son nada sin pistolas. Escribí un artículo
por aquellos días. “La bomba de la alegría”, se titulaba.
Para algunos fue el punto de apoyo para mover el mundo
político. Y repugna que salgan, no a condenar a los asesinos
verdaderos, sino a los que realmente luchamos contra ellos.
Estoy cansado del odio, del rencor, del insulto. Pido desde
la marginalidad a la que me condenan unos y otros. Un poco
de paz, por amor de Dios. Que hace tiempo que no como una
alegría al aire libre.
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