|
Fuimos niños
de patria. Nos la clavaron en los pliegues del cordón
umbilical. Fuimos niños de Dios. Lo heredamos con los genes
de quienes lucharon en una guerra cuyo aniversario final
celebramos por estas fechas. Macuto de Dios y patria para el
camino unidireccional donde todos los senderos estaban
tapiados y bien tapiados. España limita al norte, y al sur y
al oeste. España era un límite ideológico más allá del cual
sólo había perversión, comunismo, enemistad, herejía y
ateismo. Se nos quedó el hambre dentro, y el dolor de los
muertos y un olor de ausencias. Pero teníamos Dios y patria
y montañas nevadas como horizonte. Una paz de tricornios y
cementerios blancos. Veinticinco años de paz, y treinta y
Plaza de Oriente para siempre y Valle de los Caídos.
Quedaba el mar. Como una lanzada abierta en el costado. Y
por el mar, Europa. España buceadora, braceando de ola en
ola hasta alcanzar orillas imprevistas. Franco no había
contado con el mar. No aguantó una España abierta por la
izquierda. Y se murió porque el mundo se le atascó en la
femoral, como una cornada grande, paquirri-pozoblanco venido
a menos, cubierto de crespones negros, peones de plata
llevando el cuerpo, hasta la mortaja de piedra entre los
montes.
Tuvimos sensación de anchura, de amplitud. Fuimos mayores de
golpe, sin cursar adolescencia. Lanzados hacia delante,
irremediablemente verticales. Nos vino Europa. Globalizó
positiva y negativamente. Los pirineos fueron un adorno
sobre el televisor. Como el torito negro que engalanaba
saloncitos alemanes. Se nos universalizó el alma y hasta
Dios debería hacerse grande, europeo, laico, compañero o
extraña y asfixiante raíz. Dios hizo lo que pudo, lo que le
permitieron Rouco y Cañizares. Se nos fue quedando,
rezagado. La patria fue algo distinto. Se la apropió la
derecha. Y como cuando Franco, se convirtió en reducto.
Cabía la patria en la Castellana, banderas al viento. Y en
las manos del Alcaraz prostituyendo el dolor. Y la llevaban
en procesión, con su dios rajoy-pequeño, desde Alcalá a Sol.
Patria paseada los sábados por la tarde. De cinco a siete.
Credo final y villancincos nacionales. De vuelta del nuevo
parque sindical hasta la bandera que viene, hasta la patria
como unidad de destino en lo universal. Fuimos niños de Dios
y patria. Somos hombre de patria en pecho. Dios tuétano en
nosotros, medinaceli y gran poder, cristos morenos por la
cintura estrecha de Sevilla.
La patria crea antipatria. El patriota, antipatriota. Surge
la exclusión, el otro como extraño, como enemigo, más que
adversario. Se erige el credo único, el que excomulga, el
que divide, el dogmático, el endogámico. Debe destruirse el
suburbio, el chabolerío marginal. Es mandato de la patria.
Angel flamígero, exterminador. Tapiado el paraíso. Cercado.
Extranjerías vigentes. Nadie sin papeles. Muros altos contra
invasores foráneos, contra dioses sin túnica nazarena,
contra vírgenes pobres y musulmanas. Que entren sólo los que
cotizan en bolsa porque hacen patria en el parqué. Los
emires de petróleo negro, los buhses que programan guerras
prósperas, enriquecedoras, los aznares antibalcánicos, los
zaplanas-pegamento-imedio que no permiten la rotura
estremecedora de España. Reservado el derecho de admisión.
Sólo novios de la muerte. Caudillos Buesa y Rosa Díez:
presentes!
Fuimos niños de patria. Hoy sólo somos indecentes
expatriados.
|