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El siglo XX
quedará marcado para la historia como un siglo
transformador. El mundo cambió más durante esos cien años
que en grandes períodos de tiempo anterior. Es verdad. Pero
quedará también marcado por dos guerras mundiales, la guerra
del Vietnam, guerras olvidadas pero existentes en Africa,
guerras fratricidas como la española. Y como consecuencia de
todas ellas millones de seres humanos perdieron la vida,
millones tuvieron que emigrar de sus países, con el
desarraigo que ello significa y con el trauma de tener que
recomenzar la vida en tierras extrañas. Gran parte de ese
siglo la vivimos como guerra fría, al borde siempre de la
contienda, en el filo de un equilibrio siempre acechante, en
busca del momento oportuno para sorprender al otro y
lanzarse sobre él.
Parece que hay una evolución de la sensibilidad humana
tendente a desterrar este concepto bélico del quehacer
político. Las calles se llenan de voces que claman por la
paz y contra las guerras cada vez que una potencia y sus
acólitos tienen la tentación de invadir otro país “ara
implantar la democracia”, para “librarlo de una dictadura” o
para apropiarse de sus bienes, digámoslo claramente, que es
la razón subyacente pero más real de todas.
Y en estas estamos cuando aparece el profesor Fanjul y llega
a la conclusión que desde Carlos III el estado español ha
caído en picado y es evidente su disolución “Desde la muerte
de Carlos III España no ha hecho sino caer en picado, en una
larga agonía de imperio en disolución”
Esta constatación lleva a Fanjul a proclamar la
justificación de la decisión de Aznar de entrar de la mano
de Bush en la guerra de Irak. “Aznar estimó que ya era hora
-sirviéndose de la fortaleza económica, también obra suya-
de parar la caída y empezar a reclamar el puesto que nos
corresponde”. Algo que, según sus palabras, es
“incomprensible” para los “vividores que disfrazan de
pacifismo su inhibición y buena siesta”. Deberíamos ser
conscientes los españoles que nuestra resurrección como
pueblo es obra exclusiva de José María Aznar y de la
inmersión en una guerra. Estamos, gracias a él, de pie sobre
los muertos y eso nos ha devuelto un papel decisivo. La
guerra encumbra a unos a costa de otros. Gran visión
antropológica.
Piensan algunos que Aznar debería ser juzgado por un
tribunal internacional por esta decisión tomada
unilateralmente, en solitario (lo afirma Jaime Ignacio del
Burgo) y contra la opinión del pueblo español en su gran
mayoría. Ante esta situación, Fanjul entiende las causas de
este deseo: No es más que la necesidad de “distraer la
atención de nuestro principal problema del momento (la
rendición ante la ETA)”, el afán de el “reducir el impacto
electoral que entre los españoles están teniendo los
besuqueos con los terroristas”, y el ansia de “criminalizar
personalmente” a Aznar, “la figura con más arrastre popular
de su partido”, según el catedrático.
En 1.975 España se incorporó de nuevo al mundo después de
permanecer en su extrarradio por un golpe de estado que nos
impuso una feroz dictadura que duró cuarenta años.
Incorporada, vía democracia, a la Unión Europea, es
impensable y repugnante que alguien pretenda sacarnos de esa
oscuridad que palpa el señor Fanjul metiéndonos en una
guerra. No nos hace más grandes la colaboración en la
destrucción de un pueblo, el derramamiento de sangre, la
aniquilación de una sociedad, el empujón a una guerra civil
y religiosa y la expropiación de sus bienes de producción.
¿Somos, señor Fanjul, una nación más rica, más soberana, más
expansiva intelectualmente ahora que antes de participar en
esa guerra? ¿Nos hemos arrugado, empequeñecido, empobrecido
por el hecho de retirar nuestras tropas? Un pueblo es digno
cuando lucha por su libertad, su pluralidad, cuando se
empeña en la libertad de los demás, confraterniza con ellos
y les ayuda solidariamente en el caminar histórico que les
corresponde.
¿En manos de quién está nuestra juventud universitaria?
¿Bebiendo de algún catedrático belicista que necesita las
bombas de racimo para sentirse crecido ante la historia?
¿Son estos dráculas miserables los llamados a influir en la
opinión pública española? ¿No consiste en esto el
enaltecimiento del terrorismo? ¿No se reclama para otros, y
con razón, que sean juzgados por ese enaltecimiento?
No hay, no puede haber, terroristas buenos y malos. Yo pido
que todos, absolutamente todos, sean llevados a los
tribunales.
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