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He soñado
muchas veces que me acercaba hasta la cárcel mediterránea de
Alicante. Para arrimarle rosas a la tuberculosis. Sembrar su
voz de geranios. Y que Miguel respire azules horizontes.
Miguel de nanas de escarcha. De cebollas concéntricas.
Dolorido el aliento, hasta el íntimo aliento en carne viva.
Se nos murió Miguel sin odio. Sangre sobre los muros grises.
Se encharcó la mañana con la pena, pero sin odio, con lunas
fusiladas, pero sin odio, con pálidas tristezas, pero sin
odio.
Y Granada, provincia de Fuentevaqueros. Federico huyendo de
su muerte. Y la muerte escondida por el Generalife. Brotando
en el patio de leones. Muerte árabe de alhambras. Lorca
muerto, pero sin odio. Firmando el último verso sobre
gitanos morenos. Con un tiro en las vértebras del alma, pero
sin odio.
Media España muerta por las esquinas de España. Apretados
los dientes contra los dientes del hambre. Con la
resignación vencida en el costado. Con el dolor, mucho
dolor, amamantando el futuro. Pero sin odios. España de
ferias y estómagos vacíos. Con la alegría en el ala del
sombrero. Con el sombrero brindando toritos y jazmines a la
mañana hermosa que pariría un mañana. Pero sin odios.
“Libertad, libertad sin ira, libertad” Libertad por los
montes. Por las nieves luminosas de Noviembre. Libertad
limpia, sin ira. Libertad honda, hasta los sótanos del alma,
sin ira, sin odios. Libertad de balcones abiertos. De par en
par la vida. Las manos llenas de gozo. Acariciando las
caderas de la libertad, pariendo hijos libres de ira, de
rencores oscuros, de negros cuajarones de odio.
Federico y Miguel resucitados. Con el aliento indoloro. Con
los gitanos libres por los mares alegres de la luna.
Federico brindando con darros de cristal, con san gabrieles
de espuma, con guadalquivires flamencos.
Dos mil seis. Treinta y un años cumple la losa rectangular
de granito. Un archivo de grises bayonetas. Museo de fusiles
para visitar la memoria del tiempo que se fue. Pistolas
amansadas que no matan. Guardadas en siniestras cartucheras.
Pero no matan. Porque hemos plantado cara y las pistolas
sólo asesinan por la espalda. Es posible la paz. Si la
miramos de frente, los ojos en sus ojos, manos inocentes
alzadas, sintiéndonos Miguel Angel Blanco, Tomás y Valiente,
guardia civil casado y con dos hijos, policía con novia en
un pueblo castellano. Amando la paz. Ejerciéndola.
Creándola. Soñándola. Empeñando la palabra sin balas contra
las balas sin palabra. Decorando las bombas con claveles.
Sin odios. Sin muros que obstruyan el paso de la luz. Con
cristaleras y limpias trasparencias.
Si no llega la paz, nos reventará la femoral. Volverá la
cornada a chorrear el orgullo salvaje de algún toro. Y
comeremos las espigas amargas de una negra cosecha. Pero no
lograrán que odiemos.
Que se callen los profetas del odio y de las iras. Las
plañideras que añoran las nucas desnucadas. Los que han
matado la palabra por la espalda. Los acebes, los aznares,
los vidales, losantos, los dávilas, las isabeles, los
alcaraces, los zaplanas y agapitos, los que portan
conspiraciones en mochilas, y tantos y tantos que mastican
el rencor. Dejen libre el aire para que respire la alegría.
No colaboren con la rabia a la muerte que dictan las
pistolas.
Quiero escribir sin nombrar. Sembrando un poco de poesía,
hasta que la muerte me resucite en la palabra. Hasta la paz
más íntima. Sentado junto al invierno, dando migajas de amor
a las rosas volanderas.
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