|
Uno tira la
vida al aire y cae donde cae. Del lado de la alegría, de la
esperanza, del gozo íntimo. Y se siente un vuelo de palomas,
blancas como rosas blancas, de rama en rama peregrinas.
Uno tira la vida al aire y cae donde cae. A un precipicio
negro, vértigo suicidado, con oscuridad brotada, con musgo
podrido en las cunetas.
ETA ha vuelto a matar. Ha yugulado esperanzas, ha empitonado
la femoral de la alegría y se nos ha desangrado la ilusión
en cuajarones. Y ahí estamos. Apretando los dientes. Tapando
con pañuelos los boquetes. Instalados en la T-4 de Barajas.
Al frío del invierno porque nos han roto los techos, porque
hay luna escarchada, porque esculpe la nieve el perfil de la
noche. Estamos como estamos. Peor que hace un año,
Presidente. Arrinconados los hombres como escombros. Contra
una esquina. Contra los agujeros de bombas asesinas. Hemos
muerto muchos. Nos han ejecutado como a Sadam, con sogas de
destrucción masiva. Peor que hace un año, Presidente.
Creímos un día en la palabra. Allá por marzo. Y nos surgió
la primavera por la sangre. Tuvimos fe. Y empezamos muchos,
menos los de siempre, a construir la esperanza. Día a día.
Pedazo a pedazo. Haciendo camino al andar. Machado al
frente. Y hemos estado mejor que hace cinco años,
Presidente. Se nos han muerto los muertos de humo asesino de
tabaco, de enfisemas grises, de corazones cansados. Pero con
nucas intactas. Se han muerto porque tenían derecho a morir.
La muerte no les fue impuesta.
Peor que hace un año, Presidente. Aparentemente. Sólo
aparentemente. Porque la vida es lineal. El retroceso es
pura apariencia. La vida es como los surcos. Va trigo
adelante, horizonte adelante. El hoy va siendo
irremediablemente mañana. El presente es futuro cuajado.
Horizonte limpio, posible por imposible, real por
inalcanzable, hermoso por utópico.
ETA ha vuelto a matarnos. A muchos. Pero no a todos. A
algunos les han estallado los deseos confirmados. ”Esto
tiene que terminar necesariamente mal”, decía Zaplana no
hace mucho. Rajoy exige como oposición lo que no supo
defender como gobierno.
Esta mañana, cuando 2.006 se despeña dinamitado por una
bomba de ETA, ha habido manifestaciones por todo el país.
Nadie ha condenado a la banda terrorista. Se ha pedido su
dimisión, Presidente, por cómplice, por responsable último.
Lo ha dicho Alfonso Usía. El Presidente se burla de las
instituciones y mecanismos democráticos y en consecuencia
debe dimitir, ha dicho Pablo Sebastián. El Presidente oculta
a sabiendas la muerte de los dos ecuatorianos desaparecidos.
Federico Quevedo exige que explique usted por qué ha
permitido que ETA se rearme para conducirnos de nuevo a una
situación de muerte y dolor. Alcaraz, bedel servilista de no
sé que intereses, pregunta qué le debe usted, Presidente, a
ETA y exige que diga la verdad de este atentado y del 11-M.
Peor que hace un año, Presidente. O mejor. Según se mire.
Porque para algunos, está visto, la bomba de la T-4 y la
desaparición de dos ilusionados ecuatorianos han abierto una
urna llena de votos. Su empeño ha tenido confirmación. El
terrorismo es tan absurdo que termina haciendo favores
contra su voluntad. Una bomba destructora puede ser también
una bomba de alegría.
Nadie condena a ETA: ni Iniestrillas, ni Astarloa, ni
Arenas. ETA no tiene que desaparecer porque nada ha hecho,
según parece. Que el PSOE destituya a Zapatero y todo se
habrá arreglado, dice Sebastián. Tal vez algunos deban
negociar con los terroristas para volatilizar a un
presidente democráticamente elegido. Así, y sólo así, la
violencia estará justificada.
Me repugnan y me dan miedo los que ponen bombas y los que
disfrutan con su explosión.
|