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Usted,
señora, ciertamente recuerda aquel día. Del brazo de su
marido, Presidente Aznar, Napoleón venial y enamorado,
avanzaba por los jardines de la Moncloa, con el Palacio al
alcance de la mano. Color claro el vestido. De gris, él.
Casi de rodillas la arboleda. Como si los rosales fueran
alféreces provisionales. Usted, señora, entrando triunfante.
Sonriendo a las cámaras, subyugando la luz de la mañana,
convirtiendo en súbdito el orgullo de los cedros.
Supimos después por su boca que el Palacio era inhóspito.
Que no se adecuaba su humildad a tanta alfombra persa, a
tanto jarrón chino, a los cortinajes barrocos que desdecían
de su natural sencillez. Pero su capacidad de sufrimiento
por la patria la llevó a acostumbrarse a todas las
dificultades y consiguió adaptarse a todas las
incomodidades. Hasta el punto que ahora su marido afirma que
si usted, señora, llegara a la presidencia del gobierno,
sería una gran presidenta. Me imagino entonces al señor
Aznar de gris, siempre de gris como el interior de su alma
neocon, emperador venido a menos, bush minúsculo y
devaluado, apoyado en su brazo, caminando en segundas
nupcias hacia una palacio para él inasequible, por usted
reconquistado. Se cumpliría la igualdad entre uno y otro
género, aunque el Partido Popular se ha abstenido en la
votación de una Ley que debería llenar de gozo a todos los
españoles. Pero el Partido Popular no está hecho para el
gozo y la compañía. Es más bien un gran sufridor solitario
contra el mundo. Parece siempre recién salido de una guerra,
dolorido, sangrante, gritando sus convicciones preventivas
contra todo y contra todos. Ser consciente de la univocidad
de la propia razón, del dogma poseído y no compartido por
los demás, suena a existencia lacerante y heroica. Y así
será en adelante el camino hacia un Palacio inhóspito,
ventanales de cretona, tresillos donde se hunden
incómodamente los cuerpos, cortinajes anticuados, no acordes
con una mujer moderna como usted, capaz de incorporar a su
presidencia las manzanas y las peras de la homosexualidad,
de compartir catalán en la intimidad y de consensuar si es
necesario con el mismo Iniestrillas por el bien, siempre por
el bien, de una España siempre balcanizada, a punto de
disgregación, de rojerío e islamismo sin Macarenas y Trianas
Cuidado, señora. Le vienen pisando los talones. No Rajoy,
no. Este se limita a ser un presidente en el exilio. Ni
siquiera ha llegado a líder. Costalero permanente de José
María, es un simple precursor de las presidencia de otros.
Tampoco Acebes ni Zaplana. Acebes tiene mucha atocha en los
talones y Zaplana, moreno de verde luna, mucho ladrillo
alimonado. Pero cuidado, señora, que todavía hay Esperanza.
Empuja en las manifestaciones. Es capaz de llamar traidor
continuamente a Zapatero. Tiene una televisión debajo del
brazo y necesidad de aumentar el sueldo para llegar a fin de
mes. Es mejor pedir que robar, va diciendo por el metro de
Madrid y canta por los rincones de su alma montañas nevadas.
Cuánto chotis por sus adentros, cuanto madrileñismo
acogedor, cuanto amor hacia Rouco y la Almudena y el Cristo
de Medinaceli. Cuidado, señora, que hay mucho tamayo y mucha
administrativa sanitaria entre las arizonas de la Moncloa y
a lo mejor Esperanza le arrebata la presidencia cuando usted
pretenda entrar pasando revista a los cedros de palacio.
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