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Hasta ahora,
sí. Pero ya no. Desplegaba el tríptico y aparecía su mujer
en el centro. A la izquierda, los hijos. Y a la derecha, no
podía ser de otra forma, aquella foto con dedicatoria.
Miraban los demás con envidia. El la guardaba con orgullo de
hijo predilecto, de amigo por encima de otros, de cercanía
con aquel gran hombre que le elegía para escribirle una
dedicatoria. Pensaba que se lo había ganado todo a pulso.
Estaba en la ejecutiva del Partido Popular por méritos
propios. Pago a lo mejor por su defensa a ultranza, contra
toda evidencia, de la implicación de ETA en el 11-M. Había
defendido la mentira de Aznar y de Acebes con todas sus
energías. Había intentado poner contra las cuerdas a los
siguientes ministros de interior. Había escoltado a su jefe
cuando defendió ante la comisión que los terroristas no
andaban por desiertos lejanos. Había implicado a un
Presidente democráticamente elegido en la comisión de
Atocha. De verdad se había ganado el orgullo de la foto y la
dedicatoria. Y la llevaba en el tríptico de piel y plástico,
junto a su mujer y sus hijos. Amor repartido entre la
intimidad y la patria.
Cuatro años con la foto. “Asunto rancio”, decía Arístegui.
Pasado perseguidor e inaguantable para Rajoy. A él mismo,
Jaime Ignacio del Burgo, le pesaba aquel lastre. Lo notó en
la manifestación de Pamplona. Mariano invadiendo UPN.
Esperanza, omnipresente, invadiendo UPN. Acebes, invadiendo
UPN. Recordó entre banderas españolas, “jarchas” tardíamente
apropiadas y defensas preventivas de Navarra, que el Partido
Popular se estaba apropiando de un electorado que le
pertenecía. Y lo decidió mientras sonreía a parte de su
ejecutiva de Génova.
Fue un error la foto de las Azores. Nunca debió Aznar
enmarcar a todo un pueblo que gritaba contra la guerra en
aquella instantánea macabra para dedicársela a su mujer o a
su amigo Jaime Ignacio. España no debía haber prestado la
sonrisa al emperador Bush ni al travestido Blair. Y desde
luego hay que hacer autocrítica. José María Aznar nunca
consultó con el comité ejecutivo de su partido. Fue una
decisión exclusivamente personal. Colmó así su ego pero
vació de contenido la democracia y la dignidad de un pueblo.
El, Jaime Ignacio, aplaudió en el Congreso de los Diputados.
Sintió como propia la emoción de las primeras bombas
asesinas. Ahora, después de 650.000 muertos, rompió la foto
y la tiró a un contenedor no-reciclable. No fue valor, ni
arrepentimiento, ni dolor por tanta sangre. Fue tal vez
despecho por la invasión de Pamplona.
Y de repente, Acebes: “Del Burgo no pertenece al Partido
Popular” A lo mejor Jaime Ignacio también se desdice de su
convicción conspiratoria y desmonta la trama infame urdida
por Acebes en el 11-M. Y revela que necesitaron mentir por
obscuros planteamientos. Y que dieron órdenes muy concretas
a las embajadas, y que suplicaron a los directores de
periódicos, y que pretendieron que la ONU… Y entonces Aznar
y Acebes y Rajoy y Zaplana deberían exiliarse de la política
porque les falta la más mínima dignidad para estar en un
parlamento donde la paz es una meta de honrados, de manos
tendidas, de diálogos entreabiertos.
Mientras escribo este artículo todos los grupos políticos se
están manifestando ante las puertas del Congreso contra la
guerra de Irak. Todos, menos el Partido Popular. Su
presidente “efectivo”, José María Aznar está en Australia
disfrutando de la fórmula uno. D. Mariano está ocupándose
del futuro. D. Angel ejerciendo de exterminador. D. Eduardo
tiene sesión de rayos uva.
¿Dónde está Jaime Ignacio del Burgo? A lo mejor recogiendo
los trocitos de una foto gloriosa para lucirla de nuevo en
el tríptico de piel y plástico, conforme se abre a la
derecha.
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