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“Continuar
esta guerra no es la solución. Esta sólo puede encontrarse
en el diálogo con la insurgencia” Lo ha dicho el responsable
máximo de las fuerzas americanas desplegadas en Irak. Han
pasado cuatro años desde el comienzo de la guerra. Miles de
muertos han ido quedando por el camino. Millones de dólares
convertidos en balas asesinas, en bombas criminales.
Familias destruidas. Dolor y lágrimas enterrados. Humanidad
fusilada. Han pasado cuatro años. Durante ellos la
humanidad, toda la humanidad, se ha degradado por acometer
la matanza o por consentirla. Todos deberíamos sentir la
vergüenza de haber disparado por acción u omisión contra un
pueblo indefenso.
Los Jefes de Estado y de Gobierno han seguido buscando la
amistad del emperador, firmando tratados de amistad y
cooperación, intercambios culturales, comerciales, etc.
Nuestro propio gobierno, que tuvo la valentía de retirar las
tropas, ha hecho todo lo posible por granjearse la
benevolencia de Buhs (recuérdense las gestiones de Moratinos
y la pleitesía de Bono ante Ramsfeld). José María Aznar
prefirió la epifanía de las Azores a la voz del pueblo
encallecida de pisar la calle. Cómplice de la más rastrera
ilegalidad, se refugia ahora en una ignorancia en la que
nadie cree por repugnante. Y si realmente fue engañado por
su amigo Buhs es el momento de apostatar de aquella foto de
las Azores y de condenar sin paliativos una guerra infame.
En el Congreso, el Partido Popular, tan amigo hoy de la
legalidad, aplaudió y llenó de risas y felicidad el
hemiciclo como si de la feria de abril se tratara. Sigue sin
condenar esa barbarie y cuando sobre el asunto se le
pregunta a Mariano Rajoy, argumenta que no está para
responder sobre vándalos y suevos, sobre acontecimientos de
una pasado lejano. Cuatro años. Tan lejanos para Rajoy. Tan
próximos para el dolor de madres, padres, hijos, destrozados
por el aplauso y las risas de un Congreso de los Diputados
avergonzado de sí mismo.
Y ahora resulta que la guerra no es la solución. Sólo el
diálogo, dice el alto militar, es la posible plaza de
encuentro para construir un horizonte de vida, de paz y de
armonía. Habrá que sentarse ahora frente a todos los muertos
y decirles que hay que dar marcha atrás, sangre atrás, dolor
atrás, porque no hay otro remedio que retomar la palabra.
Cuando del trato humano se excluye la palabra, sólo queda un
recurso: la muerte del más débil. En el principio fue la
palabra y cuando algo no se fundamenta en ella, la creación
se desmorona como una giralda de aire.
Buhs, Blair y Aznar no tienen el coraje y la valentía de
marcharse de la historia y ayudar así a la purificación.
Escudados en el orgullo, son incapaces de gestos humanos y
humanizantes. Alguno sigue incluso dando lecciones de
patriotismo y proclamando mesiánicas salvaciones. Sólo ante
un tribunal inmisericorde que los juzgara tendrían la
cobardía de replegarse y nos proporcionarían a los demás el
íntimo gozo de la justicia.
Al hombre se le llena la boca de términos grandilocuentes:
justicia, estado de derecho, libertad. Pero tiende a excluir
de su vocabulario LA PALABRA. Cuando queda fuera, hay que
acudir a las fuerzas de seguridad del estado, desenfundadas
pistolas, grilletes inoxidables, cárceles herméticas,
guantánamos de vómito, torturas humillantes. Se apostata del
diálogo. Se oponen a él los Obispos y ciertos grupos
políticos. Se anatematiza al líder que apuesta por el
encuentro dialogante. Lo sabemos los españoles. Muchos
anhelan una democracia sin palabra, que es en el fondo una
añoranza de viejas dictaduras. Actúan así como verdaderos
terroristas. Tenemos experiencia: cuando se suplanta la
palabra por el tiro en la nuca se destroza la convivencia.
Pero cuando algunos se empeñan en reconstruir el dolor de
las víctimas disparando más rápido, sólo consiguen un nuevo
fusilamiento.
La solución sólo puede encontrarse en el diálogo. Qué pena
que lo tenga que decir un general invasor.
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