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Dios viajaba
en un tren de cercanías. Por la ventana entraba un mundo
pequeño, rectangular. Caras vencidas de hipoteca. Mujeres
con los ojos llenos de besos. El Ministerio de Agricultura
enfrente, decretando la belleza de los trigales o la
importancia de las amapolas. Desde otros trenes Dios había
visto playas morenas, montes de muslos desnudos, árboles
reunidos bebiéndose el aire a chorros. Desde el rectángulo
de esta ventana sólo había ojos llenos de besos, urgencia de
hipotecas, ministerios organizando la rentabilidad de las
rosas.
Era hermoso el mestizaje. Rumanos, españoles, marroquíes,
colombianos, argentinos, peruanos, paridos todos con el
dolor de una misma tierra, echados al mundo desde el orgullo
de una pacha mama, surgidos desde un vientre caliente y
ancestral.
Dios viajaba en un tren de cercanías. Mañana de Marzo. "A lo
mejor estaba bien el mundo", pensó. Le constaba el dolor y
la injusticia y la muerte y el hambre y la explotación. Pero
desde aquella ventana el mundo aparecía radiante como un
ramo de estrellas.
Marzo por los raíles, a metros de la primavera. Marzo con el
pecho de flor de almendros. Marzo lleno de sí mismo, con la
savia de los árboles chorreándole las caderas. Marzo hecho,
cuajado, pleno de gracia, como una virgen encinta. Marzo con
gabrieles anunciadores, con ángeles inmigrantes, reafirmando
ante la historia la identidad de sí mismo. Marzo para
siempre marzo.
Y de golpe el golpe. El estremecimiento infinito. El
escalofrío del mundo. El temblor de las columnas de la
tierra. Lo humano inhumanizado. La carne descarnada. El amor
desenamorado. La sangre desangrada. El odio vigente. El odio
crujiendo las venas. El odio reventando los cerebros. El
odio amputando la vida de la vida. Una ciudad reptando,
huyendo hacia dónde, huyendo de qué. Un pueblo
descuartizado, colgado del mástil del sinsentido. Con una
lanzada exacta donde duele la soledad, donde la muerte
anida, donde se desintegra la respiración y el aire se hace
veneno y crecen rosas podridas. Qué triste la tristeza cada
vez más gris, más negra, más desiluminada, más hueca.
Dios viajaba en un tren de cercanías. Se arrastró buscando
un amanecer que nunca llegaría. Pensó en su compañero de
andamio, de oficina. Dios venía de las espaldas del aire y
no tenía papeles. Nadie tenía un justificante de vida. Y
hasta la primavera se hizo ilegal.
Dios no llegó en el tren de cercanías. Sintió un vómito de
sangre. La memoria se le hizo un cuajarón. Dios preguntó por
Dios mientras caía. Lo identificaron en la morgue porque
llevaba una luna inocente entre las manos.
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