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Acabo de leer
un resumen de su artículo publicado en el periódico La
Razón. Decir que no estoy de acuerdo con su razonamiento es
otorgarle una categoría que ese artículo no merece. Porque
usted no razona, destila incongruencias incluso desde una
opinión política a la que tiene derecho como cualquier
ciudadano. Desde un punto de vista doctrinal sus palabras
son pura herida abierta, supuración putrefacta. ¿Es posible
que logre usted compaginarlas con su cristianismo? ¿Puede
hacer coincidir al Dios hecho palabra, encuentro,
humanización, amor universal con el agrio sabor que rezuma
su artículo? ¿Podrá usted celebrar la Eucaristía como
sacramento de fraternidad después de decir lo que ha dicho?
¿Es capaz de que conciliar el respeto infinito que Dios
siente por todo lo humano (lo que nos importa es el hombre:
Pablo VI ante la ONU) con la absoluta falta de respeto que
usted manifiesta hacia una decisión personal? ¿Es posible
que a esa decisión le llame usted “terrorismo refinado”?
No me preocupa si pertenece usted al grupo de Obispos
conservadores o progresistas. Me preocupa el hecho en sí de
que sea usted Obispo. Me preocupa que haya sido designado
para impartir una visión amorosa del mundo. Porque esa
visión sólo se puede hacer creíble cuando el amor empieza en
los sótanos mismos del alma. Sólo cuando de la fe se hace un
acto supremo de acogida del Otro, cuando la esperanza se
configura como una lucha por una mañana que nos funde con el
Otro, cuando el amor es la capacidad de acoger gozosamente
la entrega del Otro. (Rudolph Otto)
Refiriéndose a la huelga de hambre del etarra De Juana,
afirma usted: “El ayuno controlado, durante más de cien
días, de este etarra, no arrepentido, constituye un acto más
de violencia, de terrorismo: refinado e inteligente, pero
terrorismo”. En consecuencia, “el Estado está obligado a
defender a la sociedad de cualquier acto terrorista, también
de éste, y poner los medios legítimos que tiene a su alcance
para librar a la sociedad de esa violencia sistemática del
terrorismo de ETA, cuyos fines son políticos y no justifican
en modo alguno ninguna acción terrorista”, puntualiza. No
busque un lenguaje farisaico e hipócrita. Dígalo claramente:
que se muera. Usted –caridad infinita- lo encomendará a Dios
en sus oraciones.
“Vivimos, dice usted, en medio de un caos, sin principios,
desnortados, en medio de una perversión del lenguaje y de
una gran quiebra moral”, y “estamos inmersos en un haz de
contradicciones, y en un mar de confusiones, en un puro
relativismo que carcome y destruye a la sociedad”. Su
artículo periodístico, se lo aseguro, colabora a esa visión
catastrofista, de infierno inmediato, de hundimiento en
fuego eterno que usted refleja. Pertenece este artículo a la
más repugnante corrupción de la palabra no escuchada desde
los tiempos en que reverenciaba usted a un caudillo impuesto
por un dios (con minúscula) beligerante, general de
cruzadas, de guerras santas con indulgencia plenaria para
las pistolas. Cuando se tienen los ojos limpios, Dios se
hace cómplice de la alegría, del esfuerzo humano, con una
projimidad amante que fecunda la vida. No tiene usted esa
limpieza y da usted la impresión de que cree amar a Dios
porque no es capaz de amar a nadie.
“Vivimos en la contradicción, en la confusión, en el
relativismo. Desnortados” No me incluya en su visión
apocalíptica. Ni a mí ni a millones de hombres y mujeres
(también mujeres, aunque para usted signifiquen un eslabón
inferior) que hemos hecho de la vida una búsqueda
esperanzada y amorosa. Búsqueda no instalada en la absoluta
seguridad que usted posee, ni en la dogmática tranquilidad
de quien como usted encierra a Dios en una definición
mezquina y excluyente.
No hable usted de terrorismo sin desinfectar de amenazas sus
palabras. La palabra disparada con odio busca las nucas del
alma. No dé lecciones desde su puesto de vigía de occidente.
No hable en nombre de Dios porque de sangre vertida en
nombre de Dios estamos hartos. No hable desde la cúpula de
una Iglesia fuera de la cual no hay salvación porque la
salvación no nos viene de los miopes márgenes episcopales,
sino del esfuerzo supremo del Dios de la cruz, regalo
siempre de amor para la indigencia ontológica del hombre.
No confunda la espada victoriosa con la cruz humillada. No
necesitamos exorcistas. Nos urgen hacedores de esperanza.
Nos sobran notarios de la muerte. Buscamos constructores del
amor. Reinsertados de tanto opio anestesiante de
conciencias, buscamos la desnudez fecunda de la palabra.
Algo que usted -sospecho- es incapaz de dar. No profane la
luz que es lo único que nos queda para buscar a tientas una
verdad que nos salve.
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