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Fuimos niños
sin calle. Casi nada había. Carne a veces los domingos.
Caldos calientes de lunes a sábado. Chocolate de estraperlo.
Alpargatas y maletas de cartón. Mucho llanto detrás de los
visillos. Viudas en camas grandes. Incomprensibles
orfandades. Preguntas colgadas de los ojos. Preguntas por el
padre, por el hermano, por el abuelo. Casi nada había. Era
todo del señorito. Zapatos limpios. Pelo engominado. Camisa
blanca a diario. Camisa azul los domingos para la misa de
doce. Yugos y flechas bordados. Velo negro ellas. Misal de
cantos dorados. Párroco reverencial saludando a Doña Lola y
a D. Antonio, Jefe local del Movimiento. Misa madrugadora a
las ocho. Para las criadas, los peones del campo, los
capataces. Cofias y delantales blancos. Boinas negras y
sombreros de paja.
Fuimos niños sin calle. Jóvenes sin calle. Hombres sin
calle. La calle era de Fraga. Fraga dictador. Fraga
demócrata de toda la vida. Le cabía el Estado en la cabeza,
decían algunos. Le cabía sobre todo la calle. Se declaró
propietario un día. Y anduvimos todos de prestado, de
alquiler caro, a precio alto, muy alto. No albacea. Ni
administrador. Propietario. Para eso era vencedor. La limpió
de cadáveres. Barrió la sangre. Y a pasear Trianas morenas,
Macarenas de “madrugá “ y Nazarenos morados punzados de
espinas negras.
La democracia nos devolvió plazas de alegría. Sin grises
gorras de plato. Sin tiros al aire que mataban obreros o
estudiantes. Iban los besos por las aceras, del brazo de la
esperanza, camino de un mañana cada mañana. Proclamamos un
sesenta y ocho póstumo. Creímos que el mar estaba bajo los
adoquines. Pedimos lo imposible por un amor utópico a la
realidad. Teníamos sed de calle, hambre de calle. La
sembramos de árboles y jardineras. La hicimos más elegante
para que olvidara antiguos propietarios. Fuimos capaces de
protestar contra Suárez, contra Felipe, contra el infame
Tejero, contra Aznar. Cada manifestación era un mitin de
canciones, de globos. Se vestían de colores los derechos
ciudadanos de los gays. Y el dolor de Sintel era fraternidad
gozosa y solidaria.
Ayer me asomé a la ventana. Estaba triste la calle. “En el
gobierno sólo hay putas, maricones y gente de mal vivir”
“Zapatero terrorista” “Zapatero fascista” “Menos manos
blancas y más manos duras”, gritaba Iniestrillas a tres
metros de Gallardón. Acebes: “El gobierno ha preferido la
vida de un terrorista a la de Miguel Angel Blanco”
“Zapatero, vete con tu abuelo” “Zapatero, muérete” María San
Gil, Amando de Miguel, Alcaraz, Buesa, Rajoy, los Obispos.
Todos pidiendo una rebelión cívica. Un alzamiento inmediato.
Hay que pasar a la acción. Con banderas de aquellas. Las que
fueron nacionales. Brazo en alto. Aguilas de imperios
protegidos. Millones de españoles que eligieron un gobierno
democrático y legítimo. Contra el paredón. Por elegir putas
y maricones. Un gobierno que ha traicionados a los muertos,
que rompe España, que la entrega a los terroristas, que la
balcaniza, que la descristianiza. Aquí Fraga. Que haga valer
sus títulos de propiedad. Los que le dio el Caudillo. Para
eso fue vencedor. Porque otra vez están los rojos. Que no
quemen las Iglesias. Que son muy capaces. Que nos van a
matar a los curas. Que lo dicen los Obispos perseguidos. Que
tienen armas de destrucción masiva. Lo afirma Aznar,
emperador dimisionario. Lo sabe Rajoy que sostiene la capa
del César
Estaba triste la calle. Olía a nostalgia gris, a estrellas
de ocho puntas. Se oían marchas militares. Había odio, mucho
odio. Enfrentamiento cainita. Banderas que dividieron. A ver
si dividen, si separan. Porque es rentable el fratricidio y
la sangre rezumada de votos. Odio cívico. Contradicción
flagrante. El odio siempre es destructor. Pero por las
calles humeantes de ruinas pueden también volar águilas
imperiales.
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