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Españolito de
tantos. Sevilla primaveral. Perfumadas las solapas. Claveles
procesionados. Manifestación de azahar. Giralda plantada en
medio como un limonero grande. Café con leche en Sierpes. Me
saludó. Taconazo fuerte. Alma de charol. Zapatos limpios.
Brillante el correaje. Guardia civil. Delgado. Muy delgado.
Pura coincidencia cuando el café con leche. Nunca supe por
qué tanta amabilidad. Una tarde se me hizo el encontradizo.
“Vete de Sevilla”, me dijo. “Tengo órdenes de detenerte por
comunista”. “No soy comunista”, le dije. Le pregunté a
bocajarro: “¿Qué es el comunismo?” “No lo sé, respondió.
Pero si te vuelvo a ver, te detengo.
El cumplía órdenes aunque no supiera quién era Marx o Lenin.
Por comunista.
Autobús de Heliópolis a Plaza Nueva. Me lo dijo el conductor
mientras cobraba el billete: “El de la pipa es de la
político-social y anda detrás de ti” Fui hasta el fondo y
hasta allí llegó. Cara redonda. Pipa apagada. Disimulada
riñonera bajo el jersey. “Eres un subversivo, enemigo del
régimen y como sigas por ese camino, yo mismo te llevaré
esposado”
Hablaba en serio. Siempre hablaban en serio. Y me lo
advertía. Por subversivo.
Me fui a Madrid. Grande y espléndida Madrid. A lo mejor allí
recobraba mi inocencia y volvía a estar limpio de comunismo
y subversión. Frecuentaba Vallecas y el despacho de Paca
Sauquillo. Conocí a José Luis y al P. Llanos. Peligrosas
amistades, pero reconfortantes. Fue una tarde. En La
Rosaleda. Nos besamos. Simplemente nos besamos. Y se
abrieron las rosas. Y el perfume azul se echó a andar por
los caminos enamorados. Todo lo abortó aquel guardia. “Le
voy a multar por inmoral”
Tenía la voz agria el guardia. Cazallero de madrugada.
Picadura de tabaco. Por inmoral.
Españolito de tantos que tantas cosas fuimos. Se nos
colgaban los adjetivos en la pechera. Andábamos calificados.
Eramos lo que otros pretendían que fuéramos. Las dictaduras
se empeñan en contagiar los genes, inocular infecciones en
el pensamiento, crear a su imagen y semejanza como dioses
uniformados.
Al guardia civil lo encontré años después. En una estación
de autobuses. Camisa a rayas. Zapatillas playeras. Gorrita
taurina de festival de beneficencia. Nos abrazamos. “Dejé el
cuerpo. Ya puedes ser comunista”. Al de la pipa me pareció
verlo en la Alicantina, en la Plaza del Salvador. No nos
dijimos nada. Pero sonreía. Al guardia de la Rosaleda no me
lo he vuelto a topar. A lo mejor anda por ahí con su
colección de besos inmorales.
Y apareció de pronto Miguel Angel Rodríguez: portavoz añejo.
Valido del César Aznar y Ana Botella napoleónica. “España
tiene derecho a saber qué grupo terrorista llevó a Zapatero
a la Moncloa” Lo confieso. Aquel 14 de Marzo, con sangre
caliente de Atocha, con dolor chorreado por los ojos, voté
socialismo. Acebes me había llamado miserable porque dudé de
la autoría de ETA. Me escocía la mentira de mi Presidente.
Yo formo parte de los millones de españoles que votamos a la
izquierda. Yo, Señor Rodríguez, soy un terrorista. Me da
Usted miedo, como el guardia civil, como el de la pipa, como
el del beso. Usted querrá ahora que me condenen a quinientos
años de cárcel. Y saldrá a la calle del brazo de Alcaraz,
Rajoy y Aguirre (a Gallardón no sé si le toca) a pedir que
cumpla mi condenan. Ahora que me creía rehabilitado,
indultado por la democracia, viene Usted y me busca. Estoy
cansado, señor Rodríguez, de andar huyendo. Huí de la
guardia civil, de las caras redondas con pipas apagadas, de
los grises. Estoy cansado. Aquí me tiene, señor Rodríguez:
SOY UN TERRORISTA.
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