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Aznar tenía
un profundo convencimiento: Existían armas de destrucción
masiva. Sabía de su existencia como todos los demás. Igual
que el farero de Vigo y el capataz de los pasos sevillanos.
Todos sin excepción éramos conscientes de la misma verdad.
Nos lo había dicho Bush mientras apoyábamos los pies en la
mesa oval. Todos estuvimos compartiendo amistad junto al
Presidente de España. Todos disfrutamos idéntica
responsabilidad de amistad.
Ben Laden se entendía con Sadam. Habían sido tal vez
compañeros de pupitre. Y esas son deudas que se pagan como
se pagan las deudas del amor. Y todos igualmente sabíamos de
esos amores secretos. Secretos y nada ortodoxos. Amores
concubinos de infancia que había que romper cuanto antes
para que el mundo no se infectara de Dios sabe qué oscuras
concupiscencias. Aznar, y todos nosotros con él, sabíamos de
la complicidad de los gestos. Compañías peligrosas, muy
peligrosas, de las que nos advertían los educadores cuando
éramos niños.
Por eso un hermoso día todos los españoles, con nuestro
Presidente a la cabeza, nos reunimos con Buhs y Blair en el
marco incomparable de las Azores y decidimos que nuestro
deber y la más gloriosa de las obligaciones nos llevaban a
declarar una guerra preventiva a Irán. Terminaríamos así
rápidamente con los concubinos amoríos de un dictador,
aniquilaríamos las armas de destrucción universal y
dispondríamos de petróleo suficiente para nuestros
doscientos kilómetros por hora.
Buhs-hermano visitó la República de España y lo predijo sin
rodeos ni lenguajes hipócritas: nuestra entrada en una
guerra, por ilegal que fuera, nos acarrearía grandes
beneficios. El oro negro rebosaría de nuestros bolsillos con
la condición, la sencilla condición, de matar iraquíes.
Petróleo por sangre: estraperlo irremediable por necesario.
Y allá que nos fuimos, novios de la muerte, con nuestra
experiencia histórica de matar moros, a las órdenes de Aznar
Primero de España, olvidando muchachas azules y madres de
penas negras. Todos éramos responsables de la sangre
derramada porque todos éramos conocedores de la existencia
de aquellas malditas armas, de la complicidad de Ben Laden y
Sadam y de la existencia de un eje del mal. Y todos habíamos
tomado la decisión de combatir cuerpo a cuerpo como
occidente civilizado que somos, como guardianes de los
valores eternos que somos, como vigilantes de la moral y del
cristianismo que somos. Nuestra inclusión responsable en esa
guerra era consecuencia del conocimiento que todos teníamos
y del que nos había hecho partícipe nuestro Presidente.
Ha llegado el ángel exterminador. Nos ha expulsado del
paraíso. Nos ha expropiado el conocimiento del bien y del
mal y Aznar y todo el pueblo español que consintió en esa
guerra junto a él debemos exiliarnos y ganarnos el petróleo
con el sudor de nuestra frente. Por ahí andaremos pariendo
con dolor infinito un bienestar que hemos perdido como
afeminados boabdiles.
¿Todos? Menos unos cuantos millones de españoles que
gritamos nuestro desacuerdo por las calles de todo el país.
Menos los que siempre supimos que la mentira era mentira
aunque se proclamara en las Azores. Menos los que nos
negamos a salir del rincón de la historia a cualquier
precio. Menos los que preferimos el sudor de cada día a la
sangre derramada. Menos los que no quisimos ser cómplices de
un cesarismo barato de mercadillo.
“En ese momento todos pensaban (tercera persona del plural)
que existían armas de destrucción masiva. Ahora, todos
sabemos (primera persona del plural) que no era así. También
yo” ¿No lo pensaba usted, Sr. Aznar? ¿Le engañó
miserablemente Bush con el mismo cinismo que empleó usted en
engañarnos a nosotros? ¿Por qué prefirió la visión
belicistamente loca de Bush a la de la ONU? ¿Cómo se decantó
por la ilegalidad del emperador antes que por la opinión de
Naciones Unidas? ¿Qué concepto de amistad tiene Bush para
engañar a su amigo José María? Si pretende ser inocente
reconozca que cayó en el más burdo engaño. Si no lo
engañaron, se precipitó en la traición más abominable al
pueblo iraquí y al pueblo español. A ninguna de las dos
cosas tenía usted derecho, y de ninguna puede salir impune
ante la historia. Admita, señor Aznar, su incapacidad para
ser Jefe de un gobierno democrático.
Algunos fusilan vilmente la inocencia. Hay quien presume de
darle el tiro de gracia. Los muertos los ponen los que sólo
tienen derecho al llanto.
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