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Algunos
tenemos ya el alma canosa. Fuimos niños de posguerra. Con
hambre de estómago y hambre de libertad en la sangre. Fuimos
creciendo a empujones, abriendo preguntas que siempre tenían
una respuesta unívoca: el mundo político exterior, que
desconocíamos, estaba equivocado. Sólo nuestro Caudillo
tenía razón histórica y nos tocaba desempeñar el glorioso
papel de defensores de occidente.
Habían luchado nuestros padres por una patria grande y
libre. Y esa lucha era una cruzada. Dios estaba de nuestra
parte porque Dios era desde siempre de derechas. Rezábamos
por nuestro Jefe Francisco, por nuestro Papa Pío XII y por
nuestro Obispo… Y de esta trinidad indisoluble e
indiscutible chorreaba el miedo a la cárcel o al infierno.
Todo se identificaba. Ofender al dictador y masturbarse eran
el mismo pecado. Y ambos merecían similar penitencia.
Vivimos muchos años condenados por el régimen y por la
Iglesia. Fruto de ese amor concubino hicimos de nuestras
vidas un acto de acatamiento.
¿Fueron cristianos aquellos Obispos? ¿Los que bendecían los
cañones y acompañaban a los que iban a ser fusilados? ¿Los
que mecían el palio e imponían el fajín de Queipo de Llano a
la Macarena? ¿Los Cardenales que recibían honores de
Capitanes Generales?
En el año de la recuperación de la memoria histórica
deberían reflexionar nuestros Obispos. Tienen derecho a la
palabra porque la Constitución no se la niega a nadie. Pero
no tienen derecho a la repetición de aquellas palabras
porque hoy son pura blasfemia.
Condenar la homosexualidad, gritar que la Iglesia está
perseguida, convetir en inmoral toda decisión que no cuadre
con una visión estática de la historia, anatematizar una
visión política contrastándola con unos dogmas, erigirse en
maestros de la verdad única sin respetar el esfuerzo de los
pueblos por construir su propio destino es seguir tomando el
nombre de Dios en vano e instalarse en un complejo de
superioridad que tiene más de complejo que de superioridad.
España ha cambiado le pese a quien le pese. Algunos somos
testigos de ese cambio y nos sentimos orgullosos. Pero nos
duele que alguien se empeñe en meternos por un camino del
que nos costó mucho salir. Llevamos cicatrices en el alma,
exilios dolorosos, memorias sangrantes. Pero nos moriremos
con el gozo de haber creado para nuestros hijos jardines de
libertad, derechos con los que soñamos, posibilidades
imposibles convertidas en realidad.
Cuando en el año 79 me anunciaron que había tenido un hijo
proclamé como primera alegría que había tenido un hijo
constitucional. Cuando lo cuento algunos se ríen. Para mí
fue algo muy serio.
Y nuestro Obispos deben pensar en la conversión. Necesitamos
Helder Camara, Romeros, Casaldáligas. Nos sobran Roucos y
Cañizares y Martínez Caminos. Lo rezaba un amigo argentino:
“A los Obispos, Señor, ábrele los ojos o ciérraselos. Pero
hazlo pronto”
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