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Los españoles
estamos acostumbrados, tristemente acostumbrados, a vivir
rodeados de fundamentalismo. Fundamentalismo político
durante cuarenta años que pisoteaba toda diversidad
ideológica que se apartara de los principios fundamentales
del movimiento. Movimiento inmovilista, sin dinamismo
interior, cerrado sobre sí mismo, hermético y excluyente,
que uno creía enterrado en la bella sierra madrileña. Y
sosteniendo y apoyando esa dictadura, la Iglesia, con una
moral medible en centímetros de tela, fundamentando sus
exigencias en principios inmutables creados ad hoc,
despreciando el devenir de la historia, renunciando a una
vocación profética e instalada en una postura sacerdotal que
cohabitaba con el poder político en un concubinato
repugnante. Los españoles éramos “fundamentalmente”
católicos porque paseábamos el dolor de los claveles por las
hermosas calles de Sevilla.
En 1.975 se nos abrió la democracia como un vientre fecundo.
Y renacimos a la libertad y fuimos capaces de derogar el
pasado y hacerle camino a la libertad. La Iglesia no ha
aceptado este cambio de coordenadas y vive en la perpetua
añoranza del lamento y de la autocompasión. Y como la
Iglesia, algunos siguen empadronando la pluralidad en una
unidad de destino en lo universal. Y reinventan una
dictadura que revisten de ornamentos democráticos y hunden
la bota opresora en una proclamada libertad de expresión.
Pero es una libertad de expresión privatizada, de uso
exclusivo de unos cuantos fundamentalistas que no debe ser
ejercida por nadie ajeno a sus propios criterios. Se exige,
y no seré yo quien niegue ni apoye la justicia de esa
demanda, la encarcelación de Otegui por ser ilegal, por no
condenar el terrorismo de ETA o por ser un lacayo de la
organización terrorista. Y uno se pregunta: ¿Condena Alcaraz
el terrorismo de ETA o más bien atribuye el último atentado
al Gobierno? ¿De quién es lacayo este adivinador de
atentados? La equiparación que hace el ajatolah Alcaraz de
Otegui y un Presidente democráticamente elegido, gritando
sin escrúpulos que la bomba de la t-4 es un crimen urdido
por ETA y el Gobierno para comerciar con Navarra, ¿no es
digno de una intervención judicial? Y cuando conscientemente
se miente insistiendo en que el Gobierno ha desmantelado el
estado de derecho para entregarlo a los terroristas, ¿se
está ejerciendo una libertad de expresión o se está
erigiendo un monumento al cinismo más rastrero? Cuando
Astarloa y Zaplana y Acebes niegan la existencia de una
negociación con ETA en tiempos de Aznar están negándonos a
los españoles la historia más reciente. Y cuando el
presidente de la AVT exige una explicación veraz sobre el
11-M y atribuye al PSOE un acuerdo con ETA para producir el
mayor dolor que se ha producido en nuestro pueblo, ¿no
debería actuar de oficio el Fiscal General del Estado? Una
cosa es el discurso, la discrepancia, la pluralidad política
por la que luchamos muchos hace tiempo y otra es la
acusación impune de asesinato como la que van haciendo
ciertos miembros del Partido Popular con la anuencia del
Jefe de la oposición (lo de líder aún no lo ha demostrado)
quien acusó a Rodríguez Zapatero de traicionar a los
muertos.
A veces uno se encuentra con la propia historia. Siente
cansado el músculo por una lucha antigua y se pregunta si
valió la pena aquel esfuerzo para dar cobijo en la
democracia a tanto fundamentalista. Uno siente el cansancio
de haber luchado para que unos dictadores, deformadores
descarados de la realidad como el Dictador por excelencia,
nos echen a la cara la sangre de nuestros hermanos. Franco
nos tachaba de comunistas, masones, rojos y no sé cuantas
cosas más. Estos franquitos, por cuya libertad de expresión
tantos dejamos jirones de piel, nos llaman asesinos.
Y la Iglesia reducida a plañidera de antiguos privilegios
sin Tarancón ni Bueno Monreal. Añorando. Simplemente
incómoda con la autodeterminación suprema del hombre. Sin
denunciar la hipocresía, la mentira, la calumnia.
Obsesionada con los preservativos, la homosexualidad, la
inmutabilidad de unos principios rentables por prostituidos.
Condenando, como ayer, la teología de la liberación porque
es enormemente cómodo que “mi reino no sea de este mundo”,
porque los pobres son la presencia más palpable de Cristo en
el mundo, y nos recuerdan a los ricos que nos espera un
cielo como recompensa del dolor querido por Dios para
purificación de nuestras maldades.
Cuánta infamia alojada en el costado. Cuánto fundamentalista
de corbata y mocasín italiano. Cuánto ajatolah imponiéndole
un burka a las estrellas.
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