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Señora: he
leído en el País semanal el artículo de Javier Marías. E
inmediatamente he sabido que el Sr. Alcaraz, ese aventajado
traficante de penas, va a querellarse contra el periódico y
contra el autor.
Hoy he conocido unas declaraciones suyas en La Razón en las
que asegura que Zapatero le ha hecho más daño que los
terroristas. El gobierno, asegura usted, debía haber evitado
el atentado del 30 de diciembre. “Si no lo hizo es porque no
quiso”. Este Presidente es un aliado de los terroristas y
les da la mano mientras demoniza a las víctimas. Zapatero le
ha causado mucho más dolor que los asesinos que la
mutilaron, pero hace años que usted los ha perdonado porque
son el fruto de una educación desviada. Incluso está
dispuesta a perdonar al propio Presidente si cumple con una
condición: dimitir. ¿Como dimitió Aznar o cualquier otro
primer ministro legítimamente elegido cuando bajo su mandato
hubo atentados terroristas?
Me gustaría recordarle de paso, sólo de paso, que en la
manifestación del 13 de enero por la paz, la vida, la
libertad y contra el terrorismo, la eché en falta en la
cabecera de la misma. La busqué a usted y a su hija Irene,
pero no estaban. Esos dos muchachos ecuatorianos, señora,
fueron dos víctimas, inocentes y dolorosas. Descansan ahora
con un cuerpo lleno de esquirlas bajo los ojos ciegos de una
madre india.
No hace mucho se celebró el juicio contra los que intentaron
segar la vida de Eduardo Madina. Un deportista joven. Un
muchacho lúcido. Una promesa de vida. Se le murió su madre
ametrallada por tanta pena. El quedó mutilado como usted,
como Irene. Y ninguna de las dos estuvo en el juicio para
darle un empujón de aliento a ese chaval truncado pero
altivo.
En ninguno de los casos estuvo Alcaraz. Por lo visto los
ecuatorianos y Madina no son comercialmente rentables. Dos
extranjeros y un socialista: material de segunda. Tampoco
estuvo Rajoy: la leyenda de la pancarta, argumentó, no era
inteligible. Ni Acebes, cargado de atochas. Ni Gallardón,
perdido por la M-30, ni Esperanza, que inauguraba rencores
esa tarde.
Un día estalló Madrid. Se hizo laguna de sangre, charco de
pena negra. ETA nos mutiló a todos porque todos pasábamos
por allí. Estuvimos junto a usted, junto a la niña Irene,
junto a las víctimas de aquella mañana crujiente de dolor. A
todos los incorporamos al cariño íntimo que guardamos
Íntimamente. Y a todos los seguimos acunando en los adentros
del alma.
Qué pena, señora. Ningún presidente democrático desde Suárez
hasta Rodríguez Zapatero ha querido evitar los atentados. Ni
siquiera Aznar que lo sufrió en propia carne. Resulta
incomprensible. Esos presidentes rodeados de miles de
españoles se han manifestado a favor de las víctimas y
contra el terrorismo en multitud de ocasiones. Pero no en
todas. Si de ecuatorianos se trata es distinto. Si de Madina
se trata es diferente. Hay que elegir las compañías, no
vayan a contagiarnos de extranjería o rojerío.
Se va a Canadá, señora. Por dignidad, dice usted. Irene se
queda entre nosotros. ¿Por dignidad? La seguiremos queriendo
porque no ha hecho otra cosa que luchar por la libertad.
Afirmación de madre. Cariño irreprochable de madre. Muchos,
todos los demás, nos quedamos aquí por decencia y para mirar
de frente al dolor y a los asesinos. No hay que perderles la
mirada, como a los toros. No nos vamos porque aquí están
nuestros cementerios llenos de nucas para siempre
iluminadas. Y les estamos preparando un hermoso homenaje, el
homenaje de una paz que todos merecemos.
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