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Todo poder
tiene tendencia a convertirse en dictatorial. El 20 de
noviembre de 1.975 unos españoles se fueron a hacer cola
ante una historia muerta y momificada. Pero la gran mayoría
paseó por las calles de la alegría brindando al amanecer. Y
aquel día nos empeñamos en la democracia, contemplamos al
otro como prójimo constructor de una empresa común y creímos
firmemente en las largas avenidas de la paz.
¿Pecamos de ingenuos? La hiperventilación puede ocasionar
vértigo. Y todos veníamos con la respiración tan ahogada,
que el chorro limpio de aire nos produjo un mareo
libertario. Poco a poco fuimos aprendiendo que había que
vivir en constante rebelión porque la amenaza del
pensamiento único está siempre ahí, como una espada
subliminal bajo la cual es posible hasta morir de éxito. El
pensamiento único es tan excluyente y dogmático como el
dictatorial. Hay que vigilar la propia independencia para
que nadie fusile la libertad cada día rehecha y conquistada.
Proclamábamos entonces, y aún hoy, la respetabilidad de
todas las opiniones. Y con razón. Pero no hay que perder de
vista que la democracia es un parámetro político y no
científico. Este principio no deberíamos obviarlo en el
intercambio dialogal diario.
Pero sobre todo hay que deslindar la opinión, como honesto
resultado de un análisis, de la falsedad para que ésta no
pueda en ningún momento alcanzar la categoría política de
opinión. Resultará respetable la opinión (incluso habría que
matizar), pero hay que condenar sin paliativos la mentira
que quiere incrustarse en ella como un parásito mortífero.
Zapatero ha entregado el Estado a los terroristas. El
programa del Presidente es el mismo que el de ETA. El
gobierno da por hecho la rendición de Navarra. Se ha
desmantelado el estado de derecho, se ha anulado la acción
judicial y policial para que los etarras puedan campar
tranquilamente a sus anchas. Si no hay bombas es porque nos
hemos arrodillado ante una banda de asesinos. El Gobierno es
prácticamente el responsable del atentado de la T-4. La
manifestación del 13 de Enero se convocó para perseverar en
la negociación con los terroristas y aislar al Partido
Popular.
Me niego a que todo lo anterior sea respetado como opiniones
libres, soberanas y democráticas de Acebes, Zaplana, Aznar,
Rajoy, Alcaraz y tantos otros. Estos enunciados no se
corresponden con expresiones políticas. Y es tarea de los
demócratas desenmascararlas, arrancarles su hipócrita
envoltura y dejar al descubierto una intención deliberada de
mentir y un propósito de hacer de la falsedad un argumento
válido. La falsedad no entra en el campo democrático. Las
dictaduras se ponen de pie sobre la mentira y muchas de las
actuales aseveraciones disfrazadas de exposición democrática
no superan la categoría de dictaduras repugnantes y
opresivas. Lo que antecede no es la opinión de un partido
político. Es la farsa conscientemente montada para hacer de
la democracia una dictadura encubierta. Añoranzas, tal vez,
de otros tiempos construidos sobre el cinismo.
Me repugna pensar que lo dicho por ciertos políticos
responda a una convicción sincera. Y si así fuera, ruego que
paren la democracia porque yo me bajo en la siguiente.
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