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Fue el 13
de Enero. Manifestación de muchos. No de todos. “PAZ. VIDA.
LIBERTAD. CONTRA EL TERRORISMO” Rajoy argumentó que no
estaba clara la leyenda de la pancarta. Para ser presidente,
dijo D. Mariano, hay que exigir algo más que haber cumplido
18 años y ser español. A lo mejor hay que exigir también que
el candidato entienda qué significa PAZ. VIDA. LIBERTAD.
CONTRA EL TERRORISMO.
No estuvieron todos. Lo de Esperanza Aguirre estaba claro.
Andaba, lo escribí al día siguiente, inaugurando rencores.
Del brazo de Aznar, de Acebes, de Zaplana. Saludando listas
de espera sanitarias. Sonriendo cínicamente a los entubados
de urgencias. Así murió el Caudillo. Con trombos en el alma
–pensaba- y está en la historia. Esperanza-Presidenta. De
todos los madrileños, dice ella. No de dos ecuatorianos con
los sueños triturados por una bomba asesina. La derecha es
la derecha y pone rosas en la tumba de Gregorio Ordóñez.
Rosas merecidas, conseguidas con la inocencia de una muerte
mientras paseaba juventud por las calles vascas. Mal nacidos
los que asesinan y pisotean las rosas de Gregorio. Junto a
Aznar, al lado de una tumba profanada dos días después por
unos chavales locos. Profanada también por el mismísimo
ex-presidente con palabras envenenadas contra la palabra
grande de los que empujan la paz. Esperanza-Presidenta, no
sindicalista. Presidenta de chotis madrileños, no de
ecuatorianos sobrevenidos. Esperanza ausente.
Gallardón, perdido en su laberinto. Hombre-centro. Lo
proclaman los politólogos radiofónicos. Buscando púlpito por
la M-30 para proclamar su rebeldía contra la
derecha-derecha. Presencia inmediata en la T-4. Porque los
alcaldes se despiertan a cualquier hora. Madrugada fría de
30 de diciembre. Bomba humeante. Bomba infierno. Bomba
certera que derroca el sueño de dos muchachos. Que trunca la
ilusión de una hipoteca a las afueras de Valencia. Para
siempre dormidos en tierra española, madrileña. Y allí está
el alcalde. Inaugurando el llanto de una ciudad estremecida
de escarcha.
Manifestación a las seis de la tarde. Trece de Enero.
Alcalde ausente. Está abriéndole camino a Rajoy. O
cegándoselo. La leyenda de la pancarta es ininteligible para
Mariano. Gallardón no la divisa. Mira al centro y la
cabecera de la manifestación está a la izquierda. Ningún
concejal presente. Ni siquiera Ana Botella, rumiante de
posibles presidencias. El Alcalde sólo ve elecciones
inmediatas. A lo mejor por la cabeza de Aznar rotan otras
candidaturas. Y Aznar manda. Y Mariano obedece. Y todo es
posible. Ya estuvo en la T-4. Estuvo junto a la muerte. Pero
junto a Cándido Méndez, Llamazares, Blanco, el grupo de
cómicos y los miles de personas que ponen brazaletes negros
a la Castellana, es distinto. El prefiere el calor de
Génova, Goya abajo, a la derecha.
Alcaraz, talibán de falsos dolores, convoca otra
manifestación para un sábado próximo. Ahí sí. Porque se
puede gritar contra un gobierno que traiciona a los muertos,
porque se puede pedir la ejecución de Zapatero como se
exigía hace un tiempo -¿se acuerdan?- lo de Tarancón al
paredón. Veinte años son nada que dice el tango. Ni treinta.
Cuando el guaperío más fascista de Fuerza Nueva lucía la
camisa que tú bordaste en rojo ayer. Cuántos se quedaron
allí, cara al sol, morenos de arqueología, sin más futuro
que el ayer embalsamado de la Plaza de Oriente.
Anchuras de Gallardón y Aguirre que retoman alcaldía y
presidencia junto a Alcaraz e Inestrillas, con banderas
victoriosas al paso alegre de la paz.
Gallardón y Aguirre, presentes!
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