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Lo acaba de
publicar el historiador Francisco Rodríguez Adrados en
ABC:”Con Franco, España se preparó para la democracia” Y
defiende en su artículo que no deben cambiarse rótulos
insignes de calles, ni descabalgar caudillos, ni tachar
nombres gloriosos del glorioso movimiento. Porque eso es
condenar la historia al olvido. Y Franco y su alzamiento
nacional son historia y ahí deben permanecer, en el gozoso
agradecimiento hacia quien nos preparó para la democracia.
Ser historiador es tener la capacidad de vivir lo no vivido.
Se manejan los archivos de la memoria, se organizan las
coordenadas del tiempo y uno resulta ser contemporáneo de
Carlos V o de Viriato. Pero esa vivencia o es fidelidad o se
convierte en farsa ridícula una veces, dolorosa otras o
ambas cosas a la vez.
Para nuestros hijos, engendrados en una Constitución
democrática, Franco es lejanía y distancia. Para lo que
vivimos aquellos momentos es herida abierta, dolorida
memoria, cicatriz algún día. Y cuando se lee lo que
antecede, se experimenta el sarcasmo de quien lo escribe y
retumba la crujiente carcajada de quien se ríe del dolor
vivo todavía.
Las cunetas de los amaneceres son testigos. Y la orfandad de
niños con hambre. Y el exilio que se echaba España a las
espaldas. Y la viudedad llorada bajo pañuelos negros. Y el
odio repartido sabiamente, intercambiada la delación del
vecino por azúcar moreno, por achicoria negra, por pan de
hace tres días con cartilla de racionamiento.
Revisionistas historiadores. Blasfemos articulistas que
colocan nuevamente el dolor contra el paredón y nuevamente
lo fusilan por el placer de ver el chorro caliente de la
muerte. Vidales, agapitos, moas, adrados: formando
tribunales de orden público, azuzando las pistolas, pasando
por las armas, sitiando ideas y palabra.
Alpargatas de exilio, manos llenas de recuerdos, madres
lejanas, hijos perdidos para siempre. Pirineos de añoranzas,
atlántico de olas negras, Buenos Aires querido, Méjico lindo
y querido. Por ahí nuestros poetas cantando muertes
lorquianas, alhambras de recuerdos, giraldas de morriña. Y
aquí nuestros niños, vacíos de estómago, con sopa caliente
de bellotas y chocolate tierra los domingos.
No lo sabían nuestros muertos, tirados por cunetas
irredentas, materia de arqueólos futuros, buscadores de
huesos de nostalgia. Lo ignoraban nuestras madres que
acercaban el llanto a las almohadas, las muchachas de miedos
virginales, primeros viernes, vigilia de Inmaculadas azules.
Lo ignoraban. Pero el Caudillo de España por la gracia de
Dios sembraba democracia en los jardines de El Pardo. Y
hasta esa cuna de libertad vamos todos con flores a María
que madre nuestra es. Porque allí vivió quien hizo de España
una, grande y libre. Peregrinación agradecida, arrodillada
como una adoración nocturna, doblados ante el palio, perdona
a tu pueblo, señor, no estés eternamente enojado. Y así por
los siglos de los siglos.
Señor Rodríguez Adrados: La historia es la dignidad de los
pueblos. Lo demás son suburbios marginales donde hay que
construir jardines para que jueguen los niños, se besen los
muchachos, tomen los viejos un sol limpio. Me sobra Queipo
de Llanos imponiendo fajines generalicios a Macarenas
sevillanas. Me sobra el heróico Moscardó paseando amaneceres
en camiones sumarísimos. Me sobra Millán Astray con su
prótesis asesina. Me sobra el Franco ecuestre de plazas
pueblerinas. Me sobran tantas fechas…
Para recordar el ayer, señor historiador, me basta el dolor
acumulado, la memoria magullada, la llaga incontenida.
Quiero las plazas limpias de percherones salvajes, de
caudillos bendecidos, de vírgenes condecoradas. No profane
el recuerdo que es la herencia de los desheredados de la
historia.
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