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Fue por el
82. Cuando Felipe. Julio, mi amigo Julio, republicano viejo.
Luchador junto a Tito. Peregrino de cárceles franquistas.
Carmen de visita, sólo visita para contarle cómo andaban
Maribel o Tinito. Tuberculoso al fin, con bigote de
posguerra. Lo llamó Felipe, primerizo de triunfo electoral.
Y Julio sentenciando con un celta en la mano: “no te rodees
de nadie que lleve odio por dentro”
Julio sonreía como quien ve la vida de lejos. Siempre
despidiéndose. Aquella mañana, su última mañana, le encendí
un cigarrillo y se murió entre volutas grises y oscuras
nicotinas. Tozuda delgadez de cárcel. Pulmones con bacilos
de hambre acumulada. Frío inyectado en sangre y pies
hinchados de nefrosis. Pero vivió la llegada de la libertad.
Se la bebió a sorbos grandes porque tenía prisas en la
sangre.
Hoy me acuerdo de Julio. Cuando las cristinas y losantos
revestidos de pontifical predican odio. Cuando los acebes
vergonzantes catapultan atochas irredentas. Cuando se lleva
en andas a los muertos para enterrarlos en urnas
electorales. Cuando los aznares estrangulan la palabra para
sitiar la hermosura del diálogo. Cuando los cañizares
afirman que España nació de la fe y desaparecerá cuando esa
fe se entierre. Cuando los marianos no entienden lo que
significa paz, vida, libertad.
Hay mucha amargura conscientemente sembrada, regada y
florecida. Se está retorciendo el pulso a la inocencia. Y
entre todos estamos matando la palabra. Palabra de vientre
ancho capaz de parir futuro. Pero cualquier esquina es buena
para descerrajarle la nuca. El odio siempre tira por la
espalda. Espasmos dolorosos de palabra que quiso ser fecunda
y preferimos hacerla cuajarón.
No hay división de opiniones. Hay un muro de rencor.
Postrimerías del XX. Principios del hoy en que estamos.
Globalización pregonada, impuesta. Amplitud proclamada.
Caída de fronteras. Pero nos empeñamos en levantar muros:
Buhs y Méjico. Israel y Palestina. Hasta España presume de
su particular muro contra el hambre. No es diversidad de
criterios. Es mensaje envenenado. Mentira crujiente,
caliente de premeditación. Hablar para dañar, para clavar
puñales a la altura de la vida. Hasta la sangre. Hay quien
se enardece con la sangre, le excita. Y necesita más, y más.
Hay que chorrear rencor. Sobre ciento noventa y dos vidas
descarriladas en Atocha se edifica una plaza de mentiras y
se lanza contra el otro, para que lo empitone, para que el
toro del dolor busque femorales. Y las urnas teñidas se
arrojan a la cara durante cuatro años. Y dice Acebes que
necesita conocer la verdad de un atentado que le explotó en
las manos. Y Pujalte, chusquero de infames cocinas,
sirviendo café con leche como empleado de hogar de Terra
Mítica. Y Aznar, cuaderno azul con lista de súbditos. Y
Mariano, el Mariano digital, sepulturero que defiende a los
muertos como nadie. Y Alcaraz, mercader de indignas
dignidades.
Cuántas Cármenes, Curris, Isabeles, Cristinas. Manchando su
hermosura de odio convencido, de rencor engendrado, de
cínicas falsedades. Cuánta COPE episcopal bendiciendo odios
irrespirables, alentando un fratricidio de góticos
pectorales.
Que alguien me encienda un cigarrillo. Quiero morirme entre
volutas grises y oscuras nicotinas.
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