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¿Se pierde la
cuenta? No. Tal vez es que los muertos no pueden reducirse a
pura matemática. El dolor no es estadística. La muerte
enfrenta al hombre con su propio abismo y el dolor es sólo
dolor sin más aditivos. Dos ecuatorianos hoy. Trabajadores.
Sueldo para la mama invidente, para hermanos pobres, en la
lejanía, en la cintura de la tierra. Un guardia civil ayer.
Tricornio fusilado. Charol sobre el marrón de un féretro.
Concejal con el pan recién comprado. Comida huérfana porque
a papá le han ametrallado las espigas en la mano. Mujeres
sin hombres tras la celosía negra de la noche. Niños
enlutados de primera comunión. Cien. Quinientos. Ochocientos
muertos. Empujados al vértigo. Nucas sorprendidas. Vientres
alumbrando una explosión cósmica. Niña amputada. Ordóñez
destruido. Miguel Angel sin besos de novia. Tomás y Valiente
aupado en manos blancas. Cien. Quinientos. Ochocientos. No
importan los números. Importaban los proyectos vitales. Las
esperanzas configuradas. El futuro para siempre imperfecto.
Y las viudas. Y los huérfanos. Con nombres y fotos en las
carteras como tumbas diminutas de cariño.
Cuánto pesan los muertos. Cómo siguen doliendo en carne
viva. Cuántas rosas escoltando las aceras. Cuántas placas
oxidadas de recuerdos. Los muertos. Nuestros muertos. Los de
todos. Que nadie se los apropie. Que nadie venda sus
trocitos como si fueran astillas de la cruz del nazareno. La
muerte es unitaria y unificadora. No puede fraccionarse para
comerciarla en los mercadillos de Alcaraz. ¿Quién es
Alcaraz? Un tendero que pregona lágrimas baratas, dolor de
rebajas para ganarle un tanto por ciento. Un usurero de la
pena que negocia con las flores de las tumbas. Un proveedor
de votos sacrílegos pero útiles para líderes que olvidaron
la conciencia.
Alguna vez hay que decirlo. Alguien tiene que decirlo:
Alcaraz es un impostor. Un actor de carnaval con una
calavera para asustar a los que van besándose con la
inocencia. Un saltimbanqui circense que hace contener la
respiración. Un profanador de tumbas por encargo. Un
fabricante de lutos hipócritas.
No es defensa de las víctimas lo que hace el Sr. Alcaraz. No
es reivindicación de cariño, de justicia, de respeto a
nuestros muertos. Alcaraz usufructúa el cinismo en carne
viva. Se ha apropiado el dolor de los otros y lo va
destilando en dosis suavemente letales, practicando
eutanasias alienantes.
Alguna vez hay que decirlo. Alguien tiene que decirlo. Hay
que colocar a este hombre frente a sus propias mentiras.
Desposeerlo del poder de calumniar. Desnudar su indecencia
por si es capaz de sentir un rubor. Debe devolver el dolor
robado, la muerte robada a sus propietarios primitivos. Debe
hacerse justicia contra todos los que han malversado el
dolor de los españoles y lo han invertido en urnas
electorales.
Que no encuentre este desertor de la decencia quien le apoye
en la tarea de hacer saltar la sangre de nuestros muertos.
Desheredo a Alcaraz de la ración de pena que me toca.
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