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La pancarta
de la última manifestación de Madrid, hablaba de paz y
libertad. Y Mariano Rajoy repudia la palabra paz porque en
este país no hay una guerra. Enric Sopena, en el plural.com,
ha desempolvado la hemeroteca y ha sacado a la luz las veces
que el propio Rajoy, Piqué, Mayor Oreja y Aznar pronunciaron
esta venerable palabra después del fracaso de la negociación
con el ejército de liberación nacional vasco durante la
legislatura del Partido Popular. Ni Sopena, ni este humilde
escribiente, le vamos a echar en cara a Rojoy que empleara
el término paz en su momento. Pero es sintomático y
preocupante que ahora se avergüence de que figure en una
pancarta contra el terrorismo y exija que todos
rectifiquemos despeñándola de la pancarta.
La paz y la libertad se aman, señor Rajoy. Existe una
ósmosis entre ellas. La paz nos hace libres. Y cuando
alguien quiere separarlas hay que concluir que ignora lo que
significan ambos términos. La paz no es la simple ausencia
de la guerra. Ese concepto le viene a usted de familia,
porque María San Gil nos dijo no hace mucho que con Franco
teníamos paz. Para María los fusilados, los perseguidos, los
encarcelados no perturbaban la paz franquista. La
prohibición de la palabra, el cautiverio del pensamiento, la
manipulación de los hechos no atentaban contra la paz. Ella
parecía estar a gusto. Usted sospecho que también.
Estuvimos en la calle aupando la paz, la vida, la libertad
contra todos aquellos que pretenden aplastarlas en la T-4,
en Hipercor, o en la esquina de la calle donde alguien
compró el pan caliente una mañana cualquiera. Y estuvimos
allí, no contra el Partido Popular, como presagiaba Acebes,
no excluyendo a nadie, como usted afirma, no para apoyar el
entreguismo a ETA, como dice Barrera. Estuvimos allí para
proclamar lo que la pancarta decía con una claridad
meridiana. ¿Tan difícil resulta comprender esa leyenda? ¿Tan
ajenas le suenan los términos paz, vida, libertad?
Cargábamos sobre los hombros los cadáveres de dos
ecuatorianos. La juventud, los sueños, el esfuerzo de dos
muchachos que dormían su cansancio en la terminal de
Barajas. Dos víctimas, Señor Rajoy, del fundamentalismo
etarra. Dos muertes comulgando con Ordoñez, con Miguel Angel
Blanco, con Tomás y Valiente, con cientos y cientos de
muertos, de mis muertos, de los muertos de todos.
Vd. señor Rajoy tiene por lo visto derecho a elegir a sus
muertos, a sus víctimas. Por eso va del brazo de Alcaraz,
del vergonzante organizador de muertos que es Alcaraz. A lo
mejor llega usted a presidente y nombra a su lacayo ministro
de cementerios organizados. ¿Podrán entonces reposar en
algún nicho los ecuatorianos que hoy no reconoce como
víctimas?
No se trata de ejecutar a Zapatero. Ya se encargarán las
urnas. En democracia son los votos los que otorgan y
suprimen. Y mientras esa decisión llega, somos muchos los
que seguiremos sosteniendo esa pancarta que resume una
legítima aspiración ciudadana.
Mientras usted ojea el diccionario para aprender el
significado de ciertas palabras, voy a arropar a la luna con
el poncho de colores que dejaron olvidado dos muchachos
ecuatorianos.
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